lunes, 31 de octubre de 2011

Pequeño homenaje a todos los que luchan...






Día tras días, sin importar el frío, el calor, la idiotez ni la desesperanza. A todos aquellos que dejan la piel en la lucha...

domingos de superacción

El 30 de octubre de 1938, Orson Welles causaba pánico con La guerra de los mundos por radio. En 2011, los medios concentrados lo intentan con el país.

Desde diciembre de 1937, la sociedad norteamericana trataba de olvidarse del posible peligro de una nueva guerra en Europa y deliraba con el programa furor –35 puntos de rating– de la radio: el cómico y ventrílocuo Edgar John Bergen y su muñeco Charlie McCarthy, a quien los escuchas suponían una persona real. El domingo 30 de octubre de 1938 no fue la excepción. La audiencia reía a carcajadas, mientras esperaban la cena, con las ocurrencias de Charlie y las preguntas disparatadas de Bergen, pero aprovecharon el bache provocado involuntariamente por una anodina cantante de jazz para girar el dial. Habían pasado doce minutos de las ocho de la noche. Y la alegría viró violentamente a angustia cuando escucharon la alarma emitida por la CBS desde sus pobres cuatro puntos de rating.
Siete minutos antes, la CBS había brindado un parte meteorológico extraño: “Ligeras perturbaciones atmosféricas con causa desconocida. Ampliaremos”. Luego, hubo una brevísima pausa musical que apenas redondeó los ocho segundos y que fue interrumpida para informar sobre la comprobación de varias explosiones de gas incandescente en Marte. Casi de inmediato, el parte dio paso a las noticias en la voz de Carl Phillips (periodista) y los comentarios de Richard Pierson (astrónomo) y Montgomery Smith (general del Ejército): lo que se suponía un meteorito caído en una granja de New Jersey era un vehículo espacial cilíndrico de poco menos de 30 metros. En directo, el equipo de exteriores de la CBS enviado al lugar hacía escuchar el extraño zumbido que emanaba de ese objeto que había sido rodeado por fuerzas del orden. Todo ocurrió en quince minutos de transmisión ininterrumpida: una puerta del vehículo que se abre, llamaradas, explosiones y un número no determinado de seres que salen del objeto. Relataron los reporteros, las voces descontroladas, el terror en cada palabra, la masacre realizada mediante armas desconocidas y de poder sobrenatural de siete mil hombres (bomberos, policías, soldados) que habían acordonado el área. La invasión marciana era un hecho.
Ya nadie volvió el dial a las gracias de Bergen y su muñeco. La audiencia de la CBS se multiplicó por los enloquecidos llamados telefónicos entre familiares y amistades y vecinos. La voz del secretario del Interior llamaba a la calma, pero, al mismo tiempo, informaba que los marcianos, desde decenas de naves, iban destruyendo puentes, rutas, vías férreas y centrales eléctricas. Las cifras de muertos eran incalculables, siguió el secretario, llamando a una urgente evacuación de Nueva York. El periodista Carl Phillips recogía los partes de sus colegas para informar de la ingente aglomeración en las principales vías de salida de la ciudad, cosa que comprobaron, horrorizados, los miles y miles de oyentes que salieron de sus casas en busca de la salvación.
Los ciudadanos que habían sintonizado a las ocho en punto la CBS (ese escaso cuatro puntos de rating traducido en personas reales), cómodamente sentados en el living de sus casas, esperando la cena, siguieron el decimosexto programa dominical del Mercury Theatre que, producido por John Houseman y dirigido por el jovencísimo Orson Welles (23 añitos norteamericanos), realizaba la adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, la novela que el inglés Herbert George Wells había escrito en 1898.
Los que habían clavado el dial a las 20.12, descubrieron la realidad luego de 40 minutos de pánico.
Hubo reacciones de todo tipo: H. G. Wells dijo, desde Londres, que no era responsabilidad suya el haber escrito una novela cuarenta años atrás. La compañía de sopas Campbell, atenta a la audiencia lograda por los actores, decidió patrocinar de manera exclusiva al programa del grupo Mercury, que cambió su nombre por Campbell Playhouse. Los radioescuchas indignados, todavía temblando por el terror de la noche anterior, hicieron llover demandas por daños morales y materiales sobre el Mercury Theatre. La cuestión fue resuelta por Houseman: al comienzo de la transmisión y promediando el programa, se habían realizado los anuncios correspondientes de la obra ficcional que se representaba. Desde Hollywood, ni lerdos ni perezosos, llegaron las ofertas en busca de futuros éxitos: contrataron a Houseman, a Welles y a todo el elenco del Mercury (Joseph Cotten, Agnes Moorehead, Everett Sloane, entre otros jóvenes). El equipo respondió casi de inmediato: dos años y medio después, estrenaban la película Citizen Kane destrozando taquillas.
Orson Welles atendió a una sola demanda, la de un campesino de New Jersey que había gastado en un pasaje de micro el dinero ahorrado para comprarse un par de zapatos. Y, sonriente, envió el par: negros, abotinados, 43, impecables en su caja de cartón.
Desde mayo de 2003, la sociedad argentina trataba de olvidarse del posible peligro de una nueva debacle institucional y deliraba con los medios que –por tradición, por publicidad, por errores de la competencia o por desánimo forzado– venía leyendo y escuchando y viendo desde mucho tiempo atrás.
Casi era costumbre un diario preestablecido en la mesa de los bares, el televisor clavado a toda hora en determinado canal de noticias, el deterioro disfrazado de entretenimiento en los mismos canales de aire de siempre. La táctica era el descreimiento. Y si, por ahí, despertaba una creencia, por mínima que fuera, el bombardeo mediático se apresuraba a batir parches para “desenmascarar la mentira”.
Así, fueron pasando los meses y los años, las realidades teñidas de ficción y las ficciones disfrazadas de realidades. Los candidatos que sí, pero los candidatos que no, los apocalipsis cotidianos y las amenazas flagrantes, los conflictos que seguro vendrán y las tendencias tendenciosas, los desánimos prestados y las ilusiones envueltas para la ocasión.
Y así se fueron sumando palabras tras palabras para la construcción de un relato a la medida de los poderosos de siempre: las denuncias contra los intelectuales por conveniencia, la certeza de manipulación de la memoria, la idea de que sin artimañas no hay política, el vértigo de que una democracia sin equilibrio es un error, la necesidad de poner un freno al autoritarismo, las valijas de Antonini Wilson, la soberbia de un voto no positivo como emblema de la coherencia, las crisis económicas internacionales que ya van a ver, las sequías y las lluvias como castigos divinos, las elecciones legislativas de 2009 como principio del esperado fin, la muerte como coartada, el luto como maquillaje, la corrupción como estrategia de una Madre de Plaza de Mayo y hasta la insólita sospecha de que la solidaridad popular era producto de una tragedia emblematizada en el uniforme de la viudez. La maldad por la maldad misma, la maldad como ideología, enfatizada por voces, imágenes y textos que se regodeaban en un desenlace fatal. Sólo faltaba que los poderosos de siempre escribieran el nombre de quien se haría cargo de un país que, después de ocho años de encaminarse hacia el mal, retomaba el rumbo preciso hacia otro país. La invasión terrestre era un hecho.
Pero el 23 de octubre de 2011, un domingo, la gente, el pueblo, la sociedad, el país dijo qué es ficción y qué es realidad. No hubo, a pesar de los que pronosticaban los poderosos de siempre, una lluvia de demandas como aquellas de hace hoy exactamente, otro domingo, 73 años. Tampoco están Orson Welles, ni el elenco de la Mercury Theatre, ni los zapatos 43 negros y abotinados en una caja de cartón.
Quedaron, sí, algunos personajes pregonando que se avizoran nuevas amenazas. Y uno, voz emblemática entre todas, refunfuñando sospechas en forma de preguntas, que tiene cuatro años por delante para aprender a pronunciar, de una vez por todas, el apellido Kirchner.

Por Miguel Russo

viernes, 28 de octubre de 2011

El que tiene sed

–Escúcheme bien –dijo el hombre de los ojos de plata–. Hay muchos tipos de gente, pero en los extremos hay dos. Mire que no hablo del idiota y del genio, no hablo del criminal y del santo. Le estoy hablando de la gente en general, y por eso digo extremos, no digo excepciones. Me va a entender enseguida, si no me entendió ya. Usted parece bastante despierto. No se enoje, no niego que pueda ser mucho más que despierto, un criminal, un genio, hasta un loco: una excepción en algunos de los extremos. Pero si le interesa lo que digo va a tener que olvidarse del valor que usted les da a las palabras. Y hasta de la palabra valor. Escuche. Hay gente que no sirve para nada o no sabe hacer nada, esa gente a la que todo le sale mal. Ni siquiera son mediocres, ni son dementes de alguna clase. Lo mediocre es el término medio de la especie humana, es el tipo general, la norma; y la demencia ya le dije que se trata de una excepción en uno de los extremos. En el inferior, digamos. En el otro extremo está la gente que sabe hacer bien muy pocas cosas. O sólo una. En todo lo demás son como los que no saben hacer nada. ¿Me sigue? En todo lo demás no son ni siquiera mediocres, son incapaces. Inútiles. Salvo para eso que sí saben hacer, no importa lo que sea. Cuando eso que saben hacer coincide con la posibilidad y con la voluntad de hacerlo, usted diría algo así como que están salvados. Y no me pregunte cómo lo sé, hoy repitió veinte veces la palabra salvación. Acá, si quiere, ponemos a los grandes hombres, a los hombres de talento, a los creadores de cualquier tipo, sobre todo si son capaces de hacer una sola cosa, ni siquiera dos. Únicamente esa cosa. Los fanáticos, los iluminados religiosos, algunos artistas. En cuanto al genio, la excepción, es nada más que la anormalidad superior pero todavía humana de este segundo tipo. Y hay una tercera clase de hombres, si es que se trata de una clase y no de un solo ejemplar. Páseme la botella. Es como si estuvieran dotados para todo. Para casi cualquier cosa. Y fíjese, por favor, que no he dicho dotados para lo que ustedes llaman cosas grandes o extraordinarias. He dicho casi para cualquier cosa. Podrían llegar a ser matemáticos o rematadores. Podrían ser astrónomos, dedicarse a la fabricación de escobas, a la etnografía. Estos, sin ser idiotas, teniendo en casi todo orden una aptitud potencial superior a la del hombre común o a la del gran hombre, son tan inútiles, en los hechos, como los que no saben hacer nada. Acá tiene uno. ¿Se hizo alguna vez un test vocacional? Espero que no. Yo sí, alrededor de los veintitrés años. Hace más de treinta. Bueno, estaba dotado para todo. Se da cuenta, un sujeto que a los veintitrés años puede ser arquitecto, director de empresa, astrofísico, remachador, sacerdote o trombonista de la filarmónica. Usted cree que miento, espere –y mientras yo le aseguraba que le creía, lo cual misteriosamente era cierto, él se agachó, alzó del suelo un bolso de avión en el que vi al pasar una botella, papeles y algún libro, y sacó de allí un legajo de enormes hojas–. Ahí tiene.

Las páginas, escritas en alemán, tenían todas un formidable membrete impreso en letras góticas. Sólo descifré la palabra instituto y la fecha. Me llamó la atención una cosa: esas hojas no estaban deterioradas. La carpeta parecía haber sido abierta muy pocas veces. Por lo tanto, no se trataba de una ceremonia alcohólica; el hombre de los ojos de plata no acostumbraba mostrar esos papeles. Ni siquiera acostumbraba mirarlos.

–Vea el informe de la última página –dijo–. ¿Lee alemán?

–No. Lo siento.

–No lo sienta. Yo soy alemán y le digo que en alemán sólo vale la pena leer Das Niebelungenlied, Zarathustra y el primer Fausto. –Y mientras yo casi me caía de la silla dijo con la misma voz, carente de matices afectivos pero ahora sin el menor acento germánico–: Y Kafka, que era judío y checo -se rió sin alegría-. Agreguemos a Thomas Mann.

–Pero usted no tiene... Es muy extraño.

–Extraño que un alemán –prorrumpió con voz sonora e inesperada–, que un áleman hafle sin tureza, sin estrújulas, ajj sí, muy enormidad de exdraño. Pero cómo voy a tener acento. No le estoy diciendo que soy un hombre en blanco, sin huellas espirituales de ninguna especie, tal vez sin alma. ¿Soy alemán? ¿En realidad lo soy? Miembro del mundo, como decía en alemán un poeta que usted habrá leído, también checo pero no judío. Y no sé hasta qué punto. Hasta qué punto soy miembro del mundo, quiero decir. Vea. Antes de venir a la Argentina viví unos años en México. Me dejé grandes bigotes caídos. Me decían el macho blanco de Tlaxcala... Pero apenas ojeó mi test, ¿quiere que le traduzca la última página? No hace falta. Usted ya comprendió que yo ni siquiera puedo mentir. Un borracho que no puede mentir. Ni ponerse sentimental, ni romper de tanto en tanto alguna cosa. Si yo fuera usted, Espósito, me parecería una monstruosidad. Déme mi carpeta, no quiero que se ensucie. De todos modos, las posibilidades monstruosas de la vida real no pueden ser previstas en un test. O a lo mejor faltó una pregunta, la pregunta para mí. La vida real se descifra mejor con esto –levantó la botella con un gesto casual, la miró fríamente, y yo vi como si sus ojos ardieran un segundo tras el ámbar del líquido mirándome desde otro lugar; se sirvió–. Yo empecé a beber fuerte en la adolescencia, al terminar el gimnasio, lo que acá se llama el secundario. Fue en los años anteriores a la guerra. No sé por qué empecé, pero no fue por horror a una catástrofe que amenazaba diezmar a Europa, mi mundo, el mundo que yo conocí. La guerra en cierta medida atrae. Sólo que a mí me atraía en la misma medida que me repugnaba. Un matemático o un físico dirían que eso es igual a cero o verían fuerzas que se anulan. Se anulaban, en efecto: la guerra me era indiferente. Yo creo que empecé porque sí. O por lo mismo que bebe todo el mundo, porque el alcohol siempre está a mano. En la paz y en la guerra, y sobre todo en la paz, en las bodas de la gente, cuando alguien nace, alrededor de los muertos. En esos años, en Renania y el Palatinado, y en nuestra esfera, todo era un poco irreal. Era el Walhalla. Yo y mi grupo solíamos decir que éramos dioses, yo sin mucho entusiasmo. Un día me di cuenta de que no me importaba el destino sagrado de Alemania: lo atribuí a la brutalidad y estupidez de los dirigentes nazis. También me di cuenta de que no me importaba luchar contra sus ideas: lo atribuí al hecho de que era alemán. Entonces estalló la bomba. Literalmente estalló. Estábamos los dioses bebiendo una noche en una fonda de Manheim, un bodegón parecido a éste, y en la mesa vecina vi a un hombre real. Hablaba contra Hitler, contra Alemania, contra nosotros, hablaba serena y apasionadamente. No sé si porque yo estaba borracho o porque era muy joven, o porque el hombre decía la verdad, pero estuve a punto de levantarme y hacer algo. Darle la mano, o no sé qué. Siempre he estado a punto de hacer algo, lástima no saber si esa vez lo hubiera hecho. De pronto el restorán voló en pedazos. Los nazis habían puesto una bomba. Lo mató a él y a casi todo su grupo. Mató a todos mis amigos. A mí me partió la cabeza como si fuera un huevo. Por eso me interesó la muerte de su amigo Santiago, por la imagen, quiero decir. Diez cirujanos me rearmaron la cabeza, hueso por hueso. En esos días estalló la guerra. Y sobreviví. A todo. A la bomba. A Hitler. A la guerra. A los cirujanos. En 1942, el más eminente sínodo de médicos austríacos dictaminó: puede vivir tres años, cinco a lo sumo. Mi cerebro estaba intacto, pero alguien había detectado por casualidad un lento e irreversible proceso degenerativo. En el páncreas. Entonces hice mi test. Antes dejé el alcohol: lo dejé sin ningún esfuerzo. Yo tenía veinticuatro años. ¿Ya le han dicho que usted no sólo bebe de un modo descomunal, Espósito, sino que nunca aparta la mano de la botella? Pásemela, por favor. Gracias. Yo tenía veinticuatro años y pensaba me quedan tres, con suerte cinco, y no sé qué quiero de la vida. De mi vida. Cuando lo sepa, pensaba yo, voy a hacer fanáticamente eso. El tiempo que fuera, pero hecho día a día, minuto a minuto, hasta la muerte. No lo pensaba sino que lo supe, muy borracho, la noche misma que dejé el alcohol. Y aquí está mi formidable test. Apto para todo servicio. O por nosotros no se preocupe, tome lo que quiera y haga de su alma lo que quiera. Como le insinuó el patrón hace un rato, cuando usted parecía tan disconforme con la vida. Yo buscaba una sola cosa y ahí aparecían otra vez todas. Qué hago. Qué se hace en un caso así. Me hago quiromántico, fundo una religión, pongo una bomba en el Reichstag, estudio germanística, escribo una novela, demuestro que Kant confundió tiempo con eternidad o que el tiempo no es una intuición pura sino una pura ilusión del movimiento, y que el espacio, en cambio, subsiste aun en la inmovilidad absoluta y en la nada. Y a mí qué me importa la metafísica. Tres o cinco años bastan para inventar un idioma analítico más interesante que el volapuk o para escribir una novela, si no fuera que la encuadernación o la teología o el flautín son un destino como cualquier otro. Entonces compré doce cajones de vino del Rhin, saqué un pasaje y me embarqué para Sudamérica. No, no me volví alcohólico por eso; yo era alcohólico de nacimiento, como pude haber sido abstemio. Cuando bajé del barco ya tenía un destino razonable, el único que me quedaba. Me dediqué a eso que se llama vivir. En el año cuarenta y siete, un buen año, me acosté con ciento cincuenta mujeres, tomé seiscientos litros de bebidas alcohólicas. Fue en Brasil. Me decían el portugués. No me estaba destruyendo, no. Estaba haciendo a conciencia la única cosa que me comprometía entero. Vivir a rajatabla y emborracharme hasta la tumba. No sé qué significa lo que voy a decir pero de algún modo debo decírselo. Yo era feliz. Al séptimo año de esta sobrevida, en el cuarenta y nueve, y acá en Buenos Aires, me di cuenta de que algo andaba mal. Siete años no son cinco, y sobre todo no son tres. No me sentía peor que cuando me reconstruyeron la cabeza y supe que tenía páncreas. Fui al médico. Fui a cincuenta médicos. Radiografías, electroencefalogramas, tactos de recto, fondo de ojo, electrocardiogramas, análisis de orina, de semen, y consejos para dejar de beber y de fumar. ¿Necesito decirle qué pasó? ¿No se lo imagina? Estamos en 1970 y estoy acá, en El Barrilito de Villa Crespo, hablando con usted, ¿no es cierto? Entonces se lo imagina. No me morí. Tenía corazón de atleta, un páncreas raro, hígado grande y catarro. Era inexplicable, antinatural, opuesto a la medicina, y a la lógica... Si me disculpa, ¿usted comió hoy? Si piensa ir a dar una conferencia allá enfrente, yo le aconsejaría que me dejara a mí el resto de la botella y se embuchara un buen lomito. No es para poner esa cara, yo ya no puedo comer mucho, si no lo ayudaba. En resumen, Espósito, que acá estoy, o está lo que va quedando de mí. Hace unos veinte años que no me acuesto con una mujer: dejaron de interesarme el día que acepté que no iba a morirme. Lo que no pude dejar, lo que ya no me abandonó a mí, es esto. Es extraño. El organismo humano es lo que se llama el hombre, con su alma y su voluntad libre y su espíritu. Sin embargo trabaja en secreto, a su modo, sin intervención del hombre. ¿Tiene idea de cuánto tarda esta enfermedad, esta inmundicia, para incubar en la gente? –Y el hombre de los ojos de plata me quitó casi con brutalidad la botella de la mano; fue el primer gesto violento que le vi hacer en todo ese tiempo–. Perdóneme –dijo mientras se servía, y volvió a su tono apático y blanco–. Usted me contagia su tensión, aprieta de tal modo las mandíbulas que un día se va a quebrar una muela. Le decía que tarda entre siete y trece años. En otros, más; pero ésos no son alcohólicos, son los que toman en las comidas, en las fiestas, cuando no se pueden dormir o para pegarle a la mujer. Terminan igual pero no son alcohólicos, son los burgueses del alcoholismo. Cuando se toma como usted, si es que siempre toma así, o como yo, a los diez u once años ya no se puede dejar. No voluntariamente. Quiere decir que alrededor de los treinta y tres años, fecha de mi fallecimiento, yo quizá no estaba envenenado. Y quién sabe, con algunas cuantas células nerviosas menos a lo mejor era capaz de menos cosas. Aunque más no fuera, el flautín. Ahora me quedan únicamente hábitos. Seguir vivo y seguir emborrachándome. Pero sabe una cosa, Espósito, el problema es que ahora, cuando de veras me estoy muriendo, no quiero morirme. No quiero morirme como me voy a morir. ¿Vio la fotografía de un hígado con cirrosis? ¿Vio el cerebro de un alcohólico después de treinta años de imbecilización? Yo sí.

–Y por qué no se mató –lo dije con un rencor que me sobresaltó a mí mismo, pero que no estaba dirigido a nadie–. Quiero decir, no sé. Hable usted.

–Sé lo que quiere decir. Por qué no tuve la decencia de matarme. Usted piensa que yo debí matarme más o menos a su edad. No me maté, Espósito, por falta de interés. Para matarse hay que tener cierto grado de pasión. Yo no soy un suicida ni un autodestructivo, ya se lo dije. Pero, por qué no me mato ahora, ahora que sí podría matarme. Porque no quiero. He descubierto, un poco tarde, el sentido de la vida. Sé perfectamente lo que me espera, la cirrosis, quizás una pierna cortada o las dos. El manicomio, si Dios me da salud. Calculo que me quedan otra vez unos cinco años. Y ahora no hay error, porque ahora me diagnostiqué yo. Un día el hígado no funciona más, o se perfora algo y se hace ahí adentro un pantano de orín, sangre, toxinas y excrementos. O las arteriolas del cerebro se hunden entre la gasa, se taponan de detritus y se asfixian, o estallan. O el pus de las meninges hace algo por mi alma. Quizás hasta tengo la dicha de un delirium tremens, aunque con mi mala suerte no creo. Pero si ahora pudiera elegir, elegiría vivir un poco más.

–Y por qué no deja esta porquería –estuve a punto de decir pero no lo dije, porque esa frase venía demasiado unida al acto de haberme casi tragado el medio vaso que me quedaba, y no me pareció oportuno. Sin contar que el whisky opera de un modo no siempre previsible y ahora me empezaba a colmar un humor sarcástico y hasta algún otro tipo de humor, todavía ignorado por mí. Así que sólo pregunté–: Y cuál es el secreto de la vida.

–Ya se lo dije –contestó el hombre de los ojos de plata–. Se lo dije al principio. Siempre puede ocurrir algo peor. Vale la pena vivir sólo por eso. Para ver dónde está el límite de la degradación, la infelicidad y el sufrimiento. Hasta dónde somos capaces de humillar y hacer sufrir a los demás, o hasta dónde la vida es capaz de vejarnos, envilecernos y hacernos padecer. Pero sobre todo hasta dónde somos capaces de llegar, hacia abajo, sin ayuda de nadie, nosotros mismos. Ahora vaya. Se le va a hacer tarde.

UN MAESTRO, de Guillermo Saccomanno

Pasado un tiempo de aquello, a pesar de lo que opinaban mis compañeros, Rawson para mi era una tranquilidad. “Compañeros, esto será una heladera”, les dije, “pero de acá se sale. Hay que aguantar, hay que tener paciencia hasta un plazo que desconocemos, pero de acá salimos”. El fantasma de los interrogatorios quedaba atrás. Con un grupo de compañeros conversamos una estrategia de sobrevivencia. La primera regla era que los celadores no eran enemigos. Eran un instrumento del enemigo. Teníamos que entender que estaban condicionados por su clase, que de tan sometida, los habían vuelto contra nosotros. No debíamos tenerles bronca a estos pobres Cristos. Si caíamos en el odio, el odio terminaría destruyéndonos a nosotros. No podíamos dejar que ningún compañero se cajeteara. Es decir, que se diera una manija optimista. Porque de ese entusiasmo de caía profundo y después no se levantaba más. Había que evitar la depresión. Porque la depresión en la cárcel es contagiosa y puede llevar al suicidio. Había que estar atento, hacer algo por el compañero que se hundía, y hacerlo era una manera de hacer algo por nosotros mismos. Me acordé de una experiencia de Pichón Riviere en el Borda durante una huelga de enfermeros. Dispuso que los locos menos locos cumplieran el rol de los enfermeros. Y se dio cuenta de que cuando ese loco curaba a un compañero, se sentía útil y se curaba él. En la medida que nosotros ayudábamos a un compañero, nos ayudábamos a nosotros.

jueves, 27 de octubre de 2011

MARIHUANA ILEGAL

En las villas el porro que se fuma es de resaca, un producto infectado de porquerías químicas, sometido a una banda de tramoshas. Es un circuito de diferente niveles políticos y muy necesario, sin demanda no hay oferta, a la gente le gusta el porro y en los barrios se fuma mucho porro, pero porro malo. Los barrio sirven como chivo expiatorio para montar el circo del "combate al narcotráfico" que traducido en la realidad es; perseguir consumidores y si son pobres mejor...Ilegalizar el porro es apostar a la violencia, preferir matar y perseguir, que aceptar el poder de la naturaleza

En mi barrio por ejemplo es muy triste ver como rastrean a los pibes clase media que vienen a pegar faso o merca adentro de los barrios, es todo una odisea comprar marihuana, los pibes tumbean, si sos de afuera te cabe, muchas veces hubo hasta muertos, sumale la extorsión policial que hacen los tranzas a las taquerias, la cantidad de toneladas en movimiento por ahí son muchos millones de pesos con dueños claros, si cae la prohibición cae el circuito instalado y es todo un problema desmantelar todo un sistema socio-político-económico que ejecuta el mercado del narcotráfico.

Hablo de lo socio-económico porque hay que hablar de los distintos actores sociales que son parte de ese circuito, sin ir mas lejos hay que fijarse en el perfil de la tranza que te vende el faso en los barrios ; pobre, madre soltera, llena de hijos y que encontró en la venta de droga una salida para llenarle la panza a sus hijos, no lo hace ni por hija de puta ni por arruina guachos como se dice, no tiene conciencia de lo que vende ni de lo que genera eso que vende, y eso no le quita dignidad porque todo el sistema capitalista legalizado y amparado por el estado se trata de vender productos mortíferos a la gente sin culpa ni remordimiento. Las farmacias y los almacenes donde te venden alcohol son parte de nuestra realidad y nadie se queja no?



Camilo Blajaquis

Algunos problemitas de conciencia




A pesar de todo este desastre igual podemos mejorar en algo las cosas. Es cuestión de tomar conciencia, concientizar a algunos de los que nos rodean y seguir luchando...

domingo, 23 de octubre de 2011

LA CLAVE

Lo más ridículo, tonto y loco
de hoy
será por unos instantes moda mañana
quién sabe dónde?
quién sabe cuándo?

aunque te digan por tu culpa,
por tu gran culpa
no te hagas cargo de inventos ajenos.

La felicidad te sonríe
del otro lado de la barrera,
la esperanza te mira
a unos pasos de distancia,
la desilución una vez más
te abraza y me consuela.

la vívora le dijo al veneno
si tus penas no son de amor te aplaudo,
si lo son te entiendo, pero lo siento,
veni, te ofrezco mi cuerpo,
refugiate y refugiame,
estamos en la misma.

la botella amenazó al borracho
hacelo si te hace feliz
pero no vengas a mi con piedad
ni mucho menos en busca de ella.

la posmodernidad se nutre de lo considerado inculto,
vas a espiar por la cerradura del futuro
y te sentis de regreso en el camino de ida,
palpás la ensalada del bien y del mal
y no ves la diferencia,
mirás el todo, mirás la nada,
son del mismo color oscuro,
volvés para contarlo...incandilado!!!
solo te espera un ramo de flores y esta tonta frase
¿querés la clave?

toni.