Pasan entrenadores, torneos, copas y eliminatorias con la misma base de jugadores. Se piensa que en algún momento va a surgir un equipo que todavía no aparece.
El marco fue el exacto para el cuadro. Ni los simpatizantes de ocasión ni los encumbrados empresarios acompañados de sus numerosas familias con entradas de protocolo que copan las plateas bajas del Monumental, ni los hinchas que sienten verdadera atracción por la Selección ni las nenas que van a gritar por Messi y Agüero (el viernes ausente) cada vez que agarran la pelota como si fueran Justin Bieber. Nada de eso alcanzó para darle a la cancha de River una escenografía acorde. Más bien se parecía a los homenajes que le realiza la AFA a los viejos campeones del mundo, cada tanto, donde sólo van los nostálgicos. Triste.
Y, dentro de ese marco, el equipo de Sabella estuvo acorde. Con claroscuros, obvio. En líneas generales el concepto no varía desde hace cuatro años. Ofrece poco y –con poco– gana o pierde pero rara vez juega bien.
Química. Dante Panzeri, quien es referente por ser un parámetro moral y ético dentro del periodismo, también debería ser leído y revisado desde los amplios conocimientos de fútbol que ostentaba. Con un concepto suyo de un capítulo del imprescindible Fútbol Dinámica de lo Impensado, de 1967, sobra para explicar los porqués de la Selección. El se blanquean los problemas y se genera una comunión inquebrantable en busca de un objetivo común a corto plazo y las individualidades estallan y llevan al éxito al equipo (Argentina ’86), o porque después de una derrota, la vergüenza deportiva de los integrantes del grupo revierte esta situación a través del orgullo. Dante, cuando hablaba de la conformación de un equipo, se refería a la homogeneidad de lo heterogéneo. Es decir, un conjunto de individualidades diferentes que terminan por transformarse en algo.
En algunos casos, esto se produce naturalmente –algunas veces, por propia química entre sus integrantes, que después se llamará mística–, en otros tantos se genera por el trabajo de años, inclusive desde inferiores (el Barcelona), en otros, porque y reviven de sus propias tristezas (Central descendió en 1984, ascendió en 1985 y salió campeón de primera en el campeonato 1986/1987), o porque tiene un entrenador que sabe poner en caja las vanidades y apunta al sacrificio colectivo en busca del objetivo (Bielsa en Chile). Las variables para que se genere ese punto donde 22 jugadores dejan de ser un montón de intenciones y pasen a ser un equipo, son muchas.
El equipo que el viernes empató 1 a 1 con Bolivia, en un partido que tranquilamente pudo haber ganado (y perdido sobre el final) transitó, con escasas variantes en la conformación de su plantel, muchas de estas situaciones. Sin embargo, no consigue manera de que aparezca lo colectivo. No hay Messi, no hay Higuaín, no hay Pastore, ni hay Agüero, ni hubo Tévez, ni hubiese habido Maradona, Batistuta, Caniggia, Passarella o Kempes sin equipo.
Players. Estos jugadores vienen trabajando juntos desde hace cuatro temporadas. Soslayando la interpretación del fútbol de los técnicos que pasaron, incluyendo a Sabella, ¿no será que es improbable que el equipo aparezca por más que pareciera que con tales nombres debería ganar todos los partidos caminando? ¿Será que es imposible que se produzca la homogeneidad de lo heterogéneo como pedía Panzeri? A Basile –comparado con el presente, sus ciclos fueron grandiosos–, a Maradona y a Batista los arrasó este estigma. Pachorra, al menos, tiene oportunidad de cambiar antes de que lo pase por encima la realidad.
Crhistian Remoli
Pensado para compartir pequeñas anécdotas de la vida cotidiana, poemas, música y condimentos varios, con todos aquellos seres humanos que no se dejan deglutir tan facilmente como caramelos masticables, desechables, escupibles o vomitivos que el sistema crea constantemente sin nuestro consentimiento.
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martes, 15 de noviembre de 2011
viernes, 22 de julio de 2011
La gran confusión británica
El 5 de octubre, el diario español El País publicó la nota “Maradona como metáfora argentina”. Allí un periodista inglés y un psicoanalista argentino ven en Diego “el espejo del fracaso argentino”.
No es intención de esta nota bajar línea sobre la escrita por el periodista inglés John Carlin y el psicoanalista argentino Carlos Pierini y reproducida con entusiasmo por diarios y varios medios del país. Sí es intención, entender la (rápida) capacidad que existe para estandarizar los ejemplos y mezclar todo con vehemente facilidad, cuando se trata de contar un país desde el deporte. Y, sobre todo, cuando en medio de esto está Maradona.Carlin y Pierini señalan que “el fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país. Por un lado, una falta de rigor y humildad en la planificación; por otro, un derroche de los recursos disponibles”. Hábil talento para encuadrar cuestiones que ocurren en el fútbol y alinearlas a la idiosincracia de Argentina. Siempre es seductor explicar la forma de ser de los pueblos a partir de las formas que encarnan sus representantes deportivos. En algunos casos resulta cierto. No en todos.
Fracaso. ¿Qué dirían Carlin y Pierini de lo que sucede con el hockey y el básquet? ¿Los jugadores, dirigentes y técnicos que llevaron adelante la tarea de ubicar estos deportes también estarán sugeridos en la “falta de rigor y humildad en la planificación”? ¿O debemos considerar que Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Luciana Aymar y Noel Barrionuevo no son argentinos por formar parte de proyectos llevados adelante con seriedad, rigor profesional, espíritu competitivo y la búsqueda del todo (el equipo) por sobre las individualidades? ¿O será que ellos son menos argentinos que Diego para los autores?. Pero de la misma manera que se ata con finos piolines que el ciclo de Maradona es un espejo del “fracaso argentino”, tampoco es bueno deducir que los triunfos de Las Leonas y del seleccionado masculino de básquet sean un reflejo de lo que “podemos hacer los argentinos”, como decían los dictadores al término de los mundiales ganados en épocas pasadas.
Ilusión. Pero “el problema aquí es Maradona”, como dice la nota de El País. Además, afirma: “En el sistema maradoniano solamente brilla la ilusión. Dentro de este sistema de pensamiento las cosas terminan no teniendo ni pies ni cabeza. Resultado: fracaso en la vida y arrastrando en el fracaso, en este caso, a la Selección Argentina, también se puede arrastrar a toda una Nación”. En estas mismas líneas, Miradas al Sur ha criticado a Maradona su cualidades para ser DT, así como el muñequeo con las cuestiones políticas y su facilidad para acomodarse a todo. ¿Pero quién se atreve a ponerse el sayo para sostener que lo de “Maradona es un fracaso en la vida”? ¿Con qué argumentos se sostiene que el fracaso de la Selección Argentina arrastra a toda una Nación? ¿Serán las 20 mil personas que fueron a Ezeiza a la vuelta del equipo de Sudáfrica la muestra de esto?
Mano. Jimmy Burns, colega inglés de Carlin, escribió en 1996 y reeditó en 2002 y 2005 Maradona, la mano de Dios. En dicho libro también Maradona encarna al tramposo que los argentinos, siempre según Burns, reivindicamos, de la misma manera que lo hacemos con otros personajes simbólicos como Martín Fierro, un gaucho vago e improductivo. Diez años antes de la edición del libro de Burns, Maradona había logrado establecerse para siempre en el consciente colectivo de la sociedad argentina e inglesa. La Mano de Dios, la jugada con la que puso a la Argentina 1 a 0 en cuartos de final de México ’86, fue el detonante.
No hubo acción deliberada en la jugada, sino un gesto instintivo. Pero Diego encarnó desde ahí a un ser bribón para esa lógica tan impoluta, tan ética, tan europea. Poco se tomó en cuenta que Maradona no tuvo gestos de trampa premeditados en su carrera.
Sus jugadas, la de la mano y la histórica apilada posterior, como bien dice la nota de Pierini y Carlin nos dejaron a los argentinos “presos de la nostalgia”.
Sería bueno entender qué sentimiento despertaron aquella mano y aquellas gambetas en la sociedad inglesa para ser recordadas con tanta frecuencia.
Desde aquí rara vez ocurre lo mismo. Por ejemplo, no se escriben libros ni se hacen mayores análisis del penal que el juvenil Michael Owen inventó contra Argentina en Francia ’98 y en Corea/Japón 2002. O de la manera en que se designaron en el Mundial de Inglaterra en 1966 un árbitro alemán para un partido entre Argentina-Inglaterra que expulsó a Antonio Rattin y uno inglés para Alemania-Uruguay que obvió un penal, expulsó dos uruguayos y le anuló un gol a la Celeste, clasificando así a las selecciones europeas. Tampoco se analiza el gol que a Inglaterra le dieron por válido en el suplementario de la final de ese mundial contra Alemania, aunque no esté claro si la pelota picó del lado de adentro de la línea.
Sin embargo, continuando los postulados de Pierini-Carlin, podríamos inferir que los jugadores y dirigentes ingleses son tramposos y ventajeros, por lo tanto estarían representando a un pueblo con características similares. Es preferible deducir que el accionar de los deportistas, mayormente espontáneo, no representa en su totalidad a un país. Y que en todos lados se cuecen las mismas habas. De hecho, no todos los ingleses son como Carlin y no todos los argentinos somos como el doctor Pierini.
Christian Rémoli
Cuando Tévez pateaba piedritas
Desde Fuerte Apache al mundo. Radiografía de los primeros pasos de Carlitos en el fútbol
Fue en el verano de 1989. El Tano Norberto Propato ingresó al Fuerte en su Estanciera. Lo venía haciendo desde hacía un tiempo largo. Empujado por la pasión de dirigir divisiones inferiores, iba a buscar jugadores del barrio para llevar al entrenamiento de All Boys. Conocía el camino de memoria. Entrando, divisó que en la canchita ubicada enfrente del Nudo 1, estaban algunos de los pibitos que tenía que llevarse. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue un nenito menudo, un par de años menor a los suyos, que estaba sólo en un costado, descalzo y pateando una piedra. Algo vio ahí. Sin sacarle el arranque a la camioneta ni la vista del nene, se bajó y le preguntó cómo se llamaba y dónde vivía. La voz aguardentosa del técnico asustó al pibito de rulos. Los chicos le dijeron que se llamaba Carlos y que vivía en el primer piso del Nudo 1.Zapatillas. Propato se presentó y le pidió a la mamá llevarlo a entrenar. Con la puerta entreabierta, la señora le contestó: “Venga cuando está mi marido”. A la tercera vez que pasó, lo atendió Segundo Tévez, albañil. Le fue muy sincero, “no te lo puedo mandar porque no tiene zapatillas”. Pero el DT insistió: “Le puedo conseguir algunas prestadas, dejámelo llevar, yo paso todos los días a buscar jugadores del Fuerte para llevar a All Boys (…) te lo llevo y te lo vuelvo a traer”.
Tévez no la tuvo fácil. Antes de cumplir un año, una jarra de líquido caliente se le cayó encima y la quemadura le tomó el pecho y parte del cuello. Estuvo casi dos meses en terapia intensiva y se salvó de milagro. En Fuerte Apache se conjeturan miles de historias alrededor de esto. Lo cierto es que cuando se repuso, pasó a ser criado por sus tíos maternos, Adriana Martínez y Segundo Tévez, y no por su verdadera madre, Fabiana Martínez, con quién hasta esa fecha vivía en el mismo nudo (torre) que luego compartió con la que hasta hoy considera su familia.
En el barrio, antes y durante su paso por inferiores de All Boys, jugaba en Santa Clara, un club que se fundó junto con la iglesia del fuerte y una radio comunitaria. Allí supo hacer buenas migas con Darío Coronel, Cabañas, su compadre durante aquellos años. Líderes ambos, tenían una relación de amor-odio. Pero en la cancha eran imparables. En el año 1992, el equipo de Santa Clara debía enfrentar en una final al poderoso Club Parque, imbatible institución generadora de brillantes futbolistas, dirigida por el prestigioso Ramón Maddoni. Los padres de los chicos le fueron a pedir al entrenador, Roger “Didí” Ruiz, no jugar aquella final para no bajonear a los chicos del Fuerte. “Nosotros no tenemos miedo, Didí. Le vamos a jugar igual”, le dijo Tévez al DT, cuando le comentó la inquietud de los papás. El partido, para sorpresa de las 600 personas que se juntaron en la canchita, terminó 6 a 4 para Santa Clara. Tévez fue la figura. Acaso la primera muestra de lo cómodo que le quedaron luego los partidos difíciles.
En All Boys, de entrada, se dieron cuenta de que sus aptitudes estaban por encima de las del resto. Tenía aspectos técnicos que traía de cuna (la manera de proteger la pelota, la forma de poner el cuerpo) y algunas otras muy llamativas para la edad, como la fiereza con la que jugaba.
La categoría 84 de papi fútbol del club de Floresta se había transformado en un equipo de renombre en el mundillo de inferiores. La manera de jugar del equipo era una de las causas; la Estanciera de Propato, era la otra. Allí, milagrosamente, entraba todo el plantel, el cuerpo técnico y algunos padres. De vuelta de los partidos, el técnico devolvía jugadores casa por casa y dejaba para el final a los pibes que vivían en el Fuerte. Como sabía que la gran mayoría no comía cuando llegaba a destino, paraba en un almacén sobre la avenida Lope de Vega: pan, salchichón, queso y derecho al barrio.
La fama de Carlitos empezó a crecer. Varios clubes lo empezaron a buscar. Entre ellos, Parque, el de Maddoni. Tévez no aceptó esa primera propuesta y siguió jugando en el Albo. Llegó a debutar y a hacer dos años de experiencia en cancha grande en Floresta. Su debut once contra once fue contra Almagro, con la categoría 83. El partido, guardado en VHS, muestra a un número 10 sacrificado, que se tira atrás y que se pone el equipo al hombro cuando ataca. Su forma de jugar denota la enjundia futbolera que mantiene en la Premiere League. Convierte dos goles, ambos de afuera del área, y el partido termina 6 a 2 a favor de All Boys.
Rico. Mauricio Macri ya era presidente de Boca y había adquirido Club Parque y algunos jugadores de Argentinos Juniors formados por Maddoni, entre ellos Juan Román Riquelme y César La Paglia. Maddoni insistió otra vez por Tévez, pero el pibe se negó nuevamente. Las personas que lo aconsejaban le recomendaban que no se dejara hacer la cabeza, que All Boys le había dado todo, hasta zapatillas cuando no tenía qué calzarse. Inclusive, Tévez llegó a ningunear en algún partido con Boca al mismo Maddoni, festejando los goles que hacía para All Boys, imitando a un perro que orinaba el banco xeneize.
Pero Maddoni lo siguió tentando hasta que los convenció. A él y a su familia. Como los dirigentes de All Boys se negaban, Boca sugirió cambiarle el apellido (hasta los 12 años se llamó Carlos Martínez) y pasó a tener el apellido de su tío, para él su padre, la persona que lo crió y acompaño toda la vida.
Bernardo Griffa definió así a aquel Tévez adolescente: “Me dijeron que tenía que ir a ver a un pibe que jugaba como Maradona. Fui y me di cuenta que era mentira, que ese pibe era más que Maradona”. Maddoni fue más específico: “Lo más llamativo de Carlitos era su técnica y la agresividad que le sumaba a esa técnica. En eso era único”. Sin embargo, la vida para el Apache no había tenido modificaciones. “Apenas pasado a Boca no teníamos qué morfar. Me acuerdo un día que mi viejo fue a comprar huevos e hizo huevo duro para todos. Eso me quedó grabado”, le dijo al programa El Sello de TyC Sports en 2003. Durante los veranos, cuando no entrenaba, le seguía entregando ladrillos al rayo del sol al padre en las obras.
Debut. Cuando estaba en séptima división, Bianchi lo llevó a entrenar con primera. Luego de dar las últimas indicaciones antes de un partido contra Rosario Central en el Apertura 2001, el Virrey vio que Carlitos, tímido y aún suplente, iba a un mingitorio del vestuario. Se puso a hacer pis al lado y le soltó: “Mirá que el domingo que viene jugás vos”. Tévez se orinó el pantalón de los nervios.
Debutó en el Chateau Carreas el 21 de octubre de 2001. Su figura, muy en línea con el American Dream, fue rápidamente codiciada por las marcas deportivas. Además, su juego no paró de crecer. Cuando se pudo mudar del barrio, algunos de sus compañeros que jugaban en Santa Clara y All Boys ya estaban presos y su mejor amigo, el Guacho Cabañas, se había quitado la vida durante un tiroteo con la policía. Sufrió mucho el padecimiento de sus padres por salir del barrio, al punto de declarar en 2004 que no se iría a jugar al exterior, porque tenía miedo de que se deprimieran.
Vinieron los campeonatos, el pase al Corinthians y su saltó al fútbol inglés; su estallido, su estampa vinculada siempre con lo popular y el afianzamiento de su carisma. “Es el jugador del pueblo”, lo definió Maradona, cuando ya se había convertido en el único futbolista en la historia en ganar la Copa Libertadores (2003), la Intercontinental (2003), la Champions League (2008) y el Mundial de Clubes (2008).
Tévez nunca lo nombró a Propato, el dueño de la Estanciera, como su descubridor. Ese lugar lo reservó para Maddoni. Sin embargo, y a pesar de visitar los programas del prime time de la TV argentina, lucir joyas sofisticadas, vivir en una de las casas más caras de Manchester y ser cotizado por el club esta semana en más de 40 millones de euros, no debe haberse olvidado de que el fuego sagrado y la fiereza de aquel pibito que pateaba piedras descalzo en la canchita enfrente del Nudo 1, es el motor que lo llevó a ser uno de los mejores y más ricos delanteros del mundo.
Christian Rémoli
El periodismo no es un deporte
Breve semblanza de un oficio de históricas tensiones con los directores técnicos que para algunos, como Lanata, es inferior al resto
La selección brasileña venía sufriendo durísimas críticas de la prensa desde junio de 1990, cuando Diego Maradona, después de apilar a cuatro jugadores, dejó sólo a Claudio Caniggia frente a Taffarel. Fueron cuatro años en los que los diarios bajaron línea sobre aquel equipo de Brasil, sobre todo en la figura de Alberto Parreira, su técnico, y en Carlos Caetano Bledorn Verri, Dunga, su capitán rústico, una suerte de futbolista discontinuado para el fútbol pentacampeón. Fue justamente Dunga el que luego de levantar la Copa en el Rose Bowl en 1994, espetó a los periodistas que lo rodeaban: “Essa é para vocês, seus traíras, filhos da puta” (“Esta va para ustedes, manga de traidores hijos de puta”).Ocho años antes, Enzo Bearzot, entrenador de Italia en el Mundial de España, fue precursor del “silenzio stampa”, que tanto abrazó Basile en sus últimas experiencias. Se peleó con toda la prensa deportiva italiana, una de las más despiadadas del mundo, para defender aquella selección, finalmente campeona. “E allora?” (“¿Y ahora?”) les preguntó a los periodistas de su país luego de haber derrotado 3 a 1 a la temible Alemania de Kairl Hainz Rummenigge y Tony Schumacher.
En Argentina, en plenas eliminatorias para el Mundial 2010, Alfio Basile lo cruzó a Román Iucht, ex periodista de TyC Sports: “Vos sos contra mío, cuando eras pendejo te dí una nota en Ezeiza, sólo, como dos horas y después te diste vuelta (…). A mí, cuando tengo un tipo en contra, me gusta tenerlo en contra de verdad, basta de hipocresía (…). A vos te gusta Bielsa”.
Fue justamente el ex entrenador de la selección chilena uno de los técnicos más castigados de la historia del fútbol argentino, luego de quedar eliminado de la Copa de Corea Japón 2002. Rafael Bielsa, su hermano, endilgó aquellas críticas encarnizadas a “empresarios del periodismo (…). Individuos muy vinculados con intereses, con ventas de jugadores de fútbol, con negocios particulares, con la idea de recibir una primicia por parte de un técnico”. Tanto el entrenador, como el ex canciller, nunca se decidieron a contar que uno de los periodistas más críticos después de aquel mundial, le dejó cinco mensajes en el contestador al técnico pidiéndole disculpas, cuando Julio Grondona decidió extenderle el contrato hasta Alemania 2006. Cuando asumió, Bielsa había decidido hablar sólo en conferencia de prensa para todo el periodismo, poniendo a funcionar un método de imparcialidad inédito. Aquellas conferencias eran maratónicas, particularmente la última, cuando decidió dejar el cargo en septiembre de 2004. Allí una cronista le preguntó: “No le parece un poco pobre que mañana el diario diga ‘Bielsa se fue porque se quedó sin energía’”. “¿Qué me sugiere que invente?”, contestó el Loco. “No sé, un título, algo”, dijo la periodista. “¡Ah! No sé, ése es su trabajo, maquíllelo: ‘Grave enfermedad que lo deja al técnico sin energía’, es un buen título; si ése es el título yo mañana compro el diario”, cerró el Loco. Este jueves, en el programa de la cadena Fox Sports, el técnico de Independiente, Antonio Mohamed, le soltó al panelista Diego Fucks: “Vos no sabés nada de fútbol… opinás como hincha de Independiente”. No es el primer encontronazo que tiene el periodista con un entrenador del Rojo. En el año 1996, cuando César Menotti dirigía al club y el periodista cubría al equipo de Avellaneda para la tira deportiva Competencia, de Radio Continental, el técnico lo mandó a llamar para hablar mano a mano en el vestuario de Villa Domínico, “me encontré con un barra brava allí adentro”, contó Fucks. Menotti, después del incidente declaró: “Lo llamé para hablar y aclarar las cosas. Luego de eso, viene y se esconde detrás de las plantas”. Igual que Basile lo creía de Iucht, Menotti suponía que los periodistas de la mesa de Competencia eran “bufones de Víctor Hugo”, con quien mantenía un histórico espadeo de egos. Fue un clásico en Menotti desacreditar a quienes no coincidían con él: “El ’90 por ciento de los periodistas de fútbol no saben nada de fútbol”; dijo Menotti, campeón del Mundo, en 1981. Tim, aquel brasilero de la “manta corta”, le respondió: “Menotti dice eso porque es muy generoso”.
Jorge Lanata, en una entrevista concedida el domingo pasado a Perfil fue quien descargó artillería pesada contra Víctor Hugo Morales: “Tiene como una especie de complejo de inferioridad por ser periodista deportivo. Siente que le tiene que gustar la ópera, que tiene que usar la política… ¿Me entendés? Es como que es poco ser periodista deportivo”.
Lanata siempre cuenta que solamente fue a un partido, un Boca-River, y que se fue a los 15 minutos. También lo debe mirar poco por televisión, en su exilio. De ser así, podría advertir cómo son las estrategias que usan los marketineros de la política para instalar a candidatos ignotos. Los ponen ante las cámaras de las cadenas de deportes. Allí se producen reportajes espontáneos y planos incidentales de los políticos durante el partido, según el deseo del cliente. Y ahí están los periodistas deportivos de la tele, dueños en el cable de los ratings más altos, haciendo preguntas o comentando las bondades del hombre con ambiciones electorales.
Detrás de esa aparente inferioridad intelectual a la que apunta el fundador de Página 12, el periodismo deportivo ostenta mucho más poder del que parece. Lo mismo con los valores. Con una clara suba y tendencia al entretenimiento en los medios, el periodismo deportivo acompaña una lógica compleja y actual: la aparición de jóvenes que directamente hablan como futbolistas, al igual que los periodistas de espectáculos hablan en confianza con las vedettes y los bailarines de ShowMatch.
Belleza. Aquellos periodistas que detestan al Barcelona, como si jugar lindo fuera accesorio, y denotan su amor por lo llano y modesto, son otro ejemplo. “Sólo los mediocres no apuntan a la belleza”, dijo Valdano cuando todavía se embarraba los pies entrenando. Sin ir más lejos, ahí está Riquelme, un futbolista que no sabe quién es Umberto Eco, pero que declara como si hubiera leído todos los libros de semiótica de la biblioteca de Sociales de la UBA. Está grande, no entrena como debiera hace años, su fuego lentamente se apaga. Todo esto puede ser cierto. Pero es un futbolista que juega hace 15 años de la misma manera. Jamás traicionó sus convicciones.
Fue coherente con su forma de sentir lo que hace, en Boca, el Barcelona, Villarreal y la Selección. Es una cuestión que rara vez se destacó en el volante de Boca como una virtud, sino más bien todo lo contrario; se expone como un capricho, mayormente. ¿Acaso es poco no traicionarse? Resulta una cuestión que en la mayoría de las profesiones –incluyendo la de periodista– suele no abundar.
Christian Rémoli
Una reforma con sus trampas
El multimillonario Daniel Vila promueve una iniciativa para democratizar la AFA. Pero sus manejos como dueño de medios y presidente de Independiente Rivadavia de Mendoza no preanuncian nada nuevo.
La página web de la nueva ley del fútbol tiene el paso a paso de las presentaciones que Daniel Vila, quien se autopostula en su deseo como “el primer presidente democrático de la AFA”, viene haciendo por todo el país. Debajo aparecen los medios que “apoyan la democratización del fútbol”: Uno.com.ar, Uno Medio, Supercanal y Primera Fila. Todas empresas con participación accionaria del actual presidente de Independiente Rivadavia de Mendoza, un club extraviado en el Nacional B, que tiene en su rival histórico, Godoy Cruz, a uno de los mejores administrados del país, además peleando los puestos de vanguardia en el Clausura 2011.En la página también aparecen algunas fotos de los periodistas y ex futbolistas que logró seducir Vila. Entre ellos, Oscar Ruggeri. Campeón del mundo en 1986, repetidamente malogrado como técnico, según sus palabras está “prohibido” en el fútbol argentino por su enemistad con Julio Grondona. Sin embargo, su excesiva autovaloración fue suficiente para dejar de lado su proclamado desprecio por el presidente de la AFA e implorarle por ser ayudante de Diego en Sudáfrica. Pasó hace poco más de un año. Pero no tuvo suerte.
No es diferente el caso de los periodistas que forman el séquito de Vila, muchos lo llamaban “Don Julio” y lo trataban con delicadeza. Ahora descubrieron súbitamente que el actual presidente de la AFA fue cómplice del circo que la dictadura montó a través del fútbol y el responsable de buena parte de la decadencia del fútbol local.
A todo esto, ahora se sumó Daniel Passarella, también testigo desde diferentes ámbitos de los manejos de Grondona. Fue capitán del seleccionado cuando “Don Julio” asumió en 1979, y un jugador esencial en los ciclos de César Menotti y de Carlos Bilardo hasta 1986. En 1990, cuando el hombre de Sarandí comenzó a negociar en grande el fútbol para la televisión, fue campeón con River como entrenador. Luego, fue el elegido por la AFA para bajarle el perfil a la selección e imponer mano dura, tras la eliminación del Mundial de 1994. Volvió a River como DT y lleva un año y medio como presidente. En todo este tiempo, la gestión de “Don Julio” obvió los estatutos de la AFA, le vendió los derechos del fútbol a una misma empresa durante casi 25 años, manejó la formación de los árbitros, tercerizó en sus familiares y amigos la construcción de los estadios y puso en riesgo de desaparición las ligas del interior. Sin embargo, Passarella pidió la renuncia del jefe a través del diario Olé porque –a su sano juicio– no lo favoreció un árbitro en un superclásico.
La ley. El Doctor César Francis, un activista de los cambios en la AFA desde el desaparecido Foro Social de Clubes, señaló que “es valorable que Vila (…) pretenda democratizar la AFA, pero jamás el precio a pagar por tal transformación debe ser el de convertir a los clubes en sociedades anónimas”. Francis hace referencia a lo que señala el artículo número ocho del proyecto, el cual le abre camino a las S.A.: “Dentro de los términos de la ley vigente los clubes podrán decidir individualmente el tipo de persona jurídica a la que se sujetarán”, dice, textual.
Para Grondona no fue una semana más. La ley estuvo a punto de tratarse en diputados y el ex árbitro Javier Ruiz se acordó de una reunión que había tenido con el presidente de la AFA, cuando se despidió del arbitraje: “Grondona me recibió a mí que soy un cuatro de copas pero que, también lo sabe, soy una bomba de tiempo. Le dí una lista con 16 árbitros y le dije ’si usted no hace lo que tiene que hacer, yo salgo a los medios’. El no cumplió, echó sólo a diez”. También denunció al conductor Marcelo Tinelli. Según Ruiz, el empresario le dijo: “‘Necesito sí o sí un juez de línea que me cobre un penal’. Le digo: ‘Marcelo, ¿cómo hago que un juez de línea te cobre un penal si está en la línea?’. Y respondió: ‘No sé, pero si me lo cobra le doy la que quiera’. Arreglé con un juez de línea y se llevó 60 lucas”. Y fue por el mendocino: “Vila me pagó el pasaje hasta Mendoza para un partido contra Unión en 2009 y me hospedó en un hotel cinco estrellas (…) Yo contraté a Cristian Faraoni para ese partido (Independiente ganó 2 a 0 y fueron expulsados dos jugadores de Unión)”, afirmó Ruíz.
Todas estas denuncias fueron multiplicadas por los medios que posee Clarín, protección que Grondona dejó de gozar desde agosto de 2009.
Grondona y Vila están acostumbrados a manejar a discreción medios, periodistas, ex jugadores, árbitros, técnicos. Ostentan un entramado de poder lejano a la construcción colectiva y cercano a la atomización. ¿En qué se diferencian entonces Daniel Vila y Julio Grondona? En poco. ¿Puede cambiar el fútbol argentino una ley promovida por alguien que se parece tanto a quién está al frente de la AFA? Difícil.
Christian Rémoli
Dejar de parecerse a sí mismo
El conmovedor hincha de Huracán que, portátil en mano, festejó el gol de Christian Cellay sobre la hora a Gimnasia se convirtió en una suerte de símbolo de este final del Clausura 2011. Un pibe que desde la popular, con una radio en la oreja (ni Ipod, ni celular) espera, absolutamente desesperanzado, una vida más para su equipo, y luego del gol de Boca festeja, sólo, con gestos cargados de pasión e inocencia, encierra en sí mismo varias de las sensaciones que motoriza el fútbol en su manifestación más genuina, los hinchas.
Esta semana, el hincha quemero, twitteó un mensaje que calza justo en la horma de lo que pasó y lo que puede pasar con River. La posibilidad que otorgan las redes sociales de que todos aquellos que tengan algo para decir puedan hacerlo y alguien lo tome –en ciertos casos–, permite descifrar qué es lo que piensa eso que se llama “la gente”, o en el fútbol “hinchas”. Lejos de la prosa dramática e invadida de miedo que se eligió para describir el descenso, Rodrigo Cid escribió en menos de 140 caracteres: “Cuando se hace todo mal, después las cosas salen peor. Gracias por los mensajes de apoyo. Arriba en la vida hay cosas peores”. Los patos le disparan a las escopetas, ¿verdad? Algunos hinchas le ponen paños fríos a un descenso, el periodismo habla de catástrofe.
Esto no hace más que abonar a una tendencia que floreció en los últimos años. Alguna parte del periodismo deportivo ya no opina fanatizada por un club –lo cual dejó de ser un prejuicio dentro de la profesión–, sino que se comporta como tal, habla como tal, razona como tal y le da al partido de hoy el clima que un fanático le puede dar a una instancia como ésta, de “vida o muerte”.
Pasión. No se trata de subestimar el sentimiento. El fútbol es una manifestación cultural que atraviesa a todos (inclusive a quienes lo desprecian) y tiene un rebote mucho mayor en momento como el de River, uno de los clubes con más hinchas en Argentina. Ese factor identitario, ese legado fuertísimo que en muchas familias significa “ser” de un club como el abuelo y papá, esa posibilidad que otorga de volver a sentirnos niños durante 90 minutos, de creernos todo lo que pasa en un partido, de estar en ese estado puro de inocencia, es muy reconfortante cuando se ganan copas y campeonatos, pero muta en una tristeza horrible cuando un equipo está por descender. Porque no desciende el equipo, el que desciende es uno.
Ahora, en ambos casos, la gloria futbolera y la derrota, una vez que termina todo, va a parar a otro lado. Cuando el hincha “se baja del colectivo”, vuelve a ser quien es. Lo resumió así César Menotti hace unos años: “Cuando el hincha llega a la casa, ¿qué, se le acaban todos los problemas si su equipo sale campeón del mundo o aparecen todos si sale último? No, vuelve a sentirse un objeto en una sociedad como la nuestra”.
Antes y ahora. Analizar este partido en términos de vida o muerte, siempre es más fácil, entre otras cosas porque impide el ejercicio de la memoria. Circunscribe todo el panorama a los 90 minutos que se juegan hoy, al Negro J. J. López, a los jugadores, al presidente. Todos ellos cargan con la cruz de ser la cara visible del peor momento en la historia del club. Son ellos los receptores de una crisis pesada, institucional, económica, futbolística, pero ante todo identitaria. River sufre hoy como nunca el hecho de haberse dejado de parecer a sí mismo. Descubre, hoy, el error crucial de haber tenido durante tantos años en el poder a un progresista de manual como José María Aguilar y padece cómo su administración estuvo tan cerca de la triangulación de las transferencias de futbolistas, como lejos del fomento de los jugadores de divisiones menores, la marca registrada del club; se desayuna de que darle el poder a los barras no es ceder el color y las banderas que visten el Monumental, sino que conlleva verdaderos riesgos donde el lema “matar o morir” sí es palpable de manera literal; River se está dando cuenta de que equipos como el último campeón dirigido por Diego Simeone en el Clausura 2008 no le suman nada más que una triste copa a las vitrinas de hall; se entera de que llevar una careta de un personaje de dibujos animados que representa a un jugador circunstancial del club como Fabbiani no agrega color, sino que resta identidad.
También el club, hoy, levanta la alfombra y ve que metido allí debajo, entre los responsables está Daniel Passarella, de los defensores, el más grande que pasó por el club. Desde que asumió el mando de máxima autoridad, no mostró signos de cambios en su manera de interpretar su liderazgo en referencia a cuando era técnico y jugador: el poder siempre deber estar atomizado fuertemente a su persona. Claro que esto es mucho más difícil cuando se trata de manejar un club, una situación más, muy diferente a elegir once jugadores y hacerlos jugar bien o a llevar la cinta de capitán. En alguien que no tiene experiencia en el rubro de dirigente, escuchar es imprescindible. Pero éste no es un verbo que domine la personalidad de Passarella.
No obstante, hasta la fecha 14, en la que River se enfrentó con Boca y tenía la esperanza de pelear más arriba que abajo, no se levantaban mayores voces en contra del plantel, del cuerpo técnico y del Gran Capitán. No había mayores signos de este desenlace. A la debacle mental, se sumó la futbolística, y en un fútbol como el argentino, donde te dormís campeón y te levantás canillita (y viceversa), River ni se amigó con esa lógica ni hizo pie.
En 90 minutos se sabrá cómo sigue su historia. Sin dos de sus jugadores más importantes (Almeyda y Ferrari) deberá enfrentar a Belgrano, un equipo que no demostró estar dos goles arriba en el partido de ida, pero que lleva las de ganar.
Christian Rémoli
Esta semana, el hincha quemero, twitteó un mensaje que calza justo en la horma de lo que pasó y lo que puede pasar con River. La posibilidad que otorgan las redes sociales de que todos aquellos que tengan algo para decir puedan hacerlo y alguien lo tome –en ciertos casos–, permite descifrar qué es lo que piensa eso que se llama “la gente”, o en el fútbol “hinchas”. Lejos de la prosa dramática e invadida de miedo que se eligió para describir el descenso, Rodrigo Cid escribió en menos de 140 caracteres: “Cuando se hace todo mal, después las cosas salen peor. Gracias por los mensajes de apoyo. Arriba en la vida hay cosas peores”. Los patos le disparan a las escopetas, ¿verdad? Algunos hinchas le ponen paños fríos a un descenso, el periodismo habla de catástrofe.
Esto no hace más que abonar a una tendencia que floreció en los últimos años. Alguna parte del periodismo deportivo ya no opina fanatizada por un club –lo cual dejó de ser un prejuicio dentro de la profesión–, sino que se comporta como tal, habla como tal, razona como tal y le da al partido de hoy el clima que un fanático le puede dar a una instancia como ésta, de “vida o muerte”.
Pasión. No se trata de subestimar el sentimiento. El fútbol es una manifestación cultural que atraviesa a todos (inclusive a quienes lo desprecian) y tiene un rebote mucho mayor en momento como el de River, uno de los clubes con más hinchas en Argentina. Ese factor identitario, ese legado fuertísimo que en muchas familias significa “ser” de un club como el abuelo y papá, esa posibilidad que otorga de volver a sentirnos niños durante 90 minutos, de creernos todo lo que pasa en un partido, de estar en ese estado puro de inocencia, es muy reconfortante cuando se ganan copas y campeonatos, pero muta en una tristeza horrible cuando un equipo está por descender. Porque no desciende el equipo, el que desciende es uno.
Ahora, en ambos casos, la gloria futbolera y la derrota, una vez que termina todo, va a parar a otro lado. Cuando el hincha “se baja del colectivo”, vuelve a ser quien es. Lo resumió así César Menotti hace unos años: “Cuando el hincha llega a la casa, ¿qué, se le acaban todos los problemas si su equipo sale campeón del mundo o aparecen todos si sale último? No, vuelve a sentirse un objeto en una sociedad como la nuestra”.
Antes y ahora. Analizar este partido en términos de vida o muerte, siempre es más fácil, entre otras cosas porque impide el ejercicio de la memoria. Circunscribe todo el panorama a los 90 minutos que se juegan hoy, al Negro J. J. López, a los jugadores, al presidente. Todos ellos cargan con la cruz de ser la cara visible del peor momento en la historia del club. Son ellos los receptores de una crisis pesada, institucional, económica, futbolística, pero ante todo identitaria. River sufre hoy como nunca el hecho de haberse dejado de parecer a sí mismo. Descubre, hoy, el error crucial de haber tenido durante tantos años en el poder a un progresista de manual como José María Aguilar y padece cómo su administración estuvo tan cerca de la triangulación de las transferencias de futbolistas, como lejos del fomento de los jugadores de divisiones menores, la marca registrada del club; se desayuna de que darle el poder a los barras no es ceder el color y las banderas que visten el Monumental, sino que conlleva verdaderos riesgos donde el lema “matar o morir” sí es palpable de manera literal; River se está dando cuenta de que equipos como el último campeón dirigido por Diego Simeone en el Clausura 2008 no le suman nada más que una triste copa a las vitrinas de hall; se entera de que llevar una careta de un personaje de dibujos animados que representa a un jugador circunstancial del club como Fabbiani no agrega color, sino que resta identidad.
También el club, hoy, levanta la alfombra y ve que metido allí debajo, entre los responsables está Daniel Passarella, de los defensores, el más grande que pasó por el club. Desde que asumió el mando de máxima autoridad, no mostró signos de cambios en su manera de interpretar su liderazgo en referencia a cuando era técnico y jugador: el poder siempre deber estar atomizado fuertemente a su persona. Claro que esto es mucho más difícil cuando se trata de manejar un club, una situación más, muy diferente a elegir once jugadores y hacerlos jugar bien o a llevar la cinta de capitán. En alguien que no tiene experiencia en el rubro de dirigente, escuchar es imprescindible. Pero éste no es un verbo que domine la personalidad de Passarella.
No obstante, hasta la fecha 14, en la que River se enfrentó con Boca y tenía la esperanza de pelear más arriba que abajo, no se levantaban mayores voces en contra del plantel, del cuerpo técnico y del Gran Capitán. No había mayores signos de este desenlace. A la debacle mental, se sumó la futbolística, y en un fútbol como el argentino, donde te dormís campeón y te levantás canillita (y viceversa), River ni se amigó con esa lógica ni hizo pie.
En 90 minutos se sabrá cómo sigue su historia. Sin dos de sus jugadores más importantes (Almeyda y Ferrari) deberá enfrentar a Belgrano, un equipo que no demostró estar dos goles arriba en el partido de ida, pero que lleva las de ganar.
Christian Rémoli
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