sábado, 23 de julio de 2011

MARIANO CIAFARDINI: La sociedad del riesgo

El tema de la inseguridad gana frecuentemente los titulares de los periódicos y el espacio central de los informativos radiales y televisivos, que suelen acompañar esas noticias con el testimonio de dirigentes y especialistas varios quienes –cual iluminados– aseguran tener en sus manos la solución de la problemática construyendo más cárceles, con penas más duras para los delincuentes, bajando la edad de imputabilidad o creando nuevas instituciones de control. Con menos presencia mediática, hay otras voces, ideas diferentes acerca de cómo abordar el problema de la seguridad. Uno de los especialistas más reconocidos en la materia, el director nacional de Política Criminal, Mariano Ciafardini, desde su despacho en el Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación, pone blanco sobre negro la situación y afirma: «La cuestión de la seguridad y del delito, más allá de ser una cuestión ética, jurídica o pragmática, es fundamentalmente una cuestión política».
A contrapelo de los enfoques simplistas que predominan en los medios de comunicación dominantes para explicar la problemática de la inseguridad cotidiana, Ciafardini reconoce su origen en la estructura misma de la sociedad moderna. «La primera situación de gran conflictividad delictiva se instaló en Europa occidental a partir del siglo XIII y XIV –sostiene–, donde ya existían situaciones de bandidajes, robos, hurtos, mezclados con mendicidad, vagancia. Ahí aparecen los edictos policiales de los estados sospechosos, donde estar desempleado era un delito y la mayoría de la gente estaba desempleada. Desde ese momento, la cuestión criminal, que viene de la mano de lo social y de la pobreza, quedó instalada como tal en la modernidad. Y se empezó a construir una situación que arrastramos hasta nuestros días». Y continúa: «La pobreza permanente, crónica, persistente y extrema, genera una conflictividad inevitable. Frente a esa conflictividad, el sistema no sólo no la reconoce como una conflictividad inherente, sino que pretende reprimir esa conflictividad como si fuese un mal comportamiento de los integrantes, un atributo de las personas, cuando lo que la está produciendo es la forma de organización social, sobre todo la injusticia social, las grandes diferencias, las expulsiones, las exclusiones».
–La problemática fue cambiando con el tiempo, ¿cómo se llega al presente?
–Durante el siglo pasado hubo un apaciguamiento en términos generales y con grandes diferencias entre países, especialmente por el desarrollo del Estado benefactor, por las políticas intervencionistas, por el keynesianismo. Eso se notó en todo el mundo, desde el New Deal, en Estados Unidos, con una muy baja tasa de delitos y con un reducido índice de desocupación. Aquí pasó lo mismo durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón. Siempre, los gobiernos más intervencionistas y con mayores políticas sociales, coincidieron con niveles bajos de delito. Y estas situaciones son las que están en el imaginario de mucha gente hoy, que coincide con la época del Estado benefactor o lo que quedó de ese Estado hasta mediados de los 60. Ahora estamos en un tercer momento, el de la globalización y el neoliberalismo, que ha venido de la mano de una profundización de las desigualdades, con la aparición de fenómenos nuevos, como la marginalidad, que es la pobreza extrema crónica, la contracara del Estado benefactor o del Estado intervencionista.
En América latina se ha producido un aumento de la conflictividad, de delitos contra la propiedad y de los tráficos de ilícitos –de estupefacientes, de armas, de personas–, que han transformado muchas ciudades. Aquí en Argentina, aunque había un Estado intervencionista más desarrollado, se desmanteló y apareció la exclusión como una forma de expulsión social y eso hizo que en los 90 aumentaran muchísimo los delitos contra la propiedad. De ese modo llegamos a una situación que contrasta con los primeros años del siglo XX.
–Usted ha sostenido que las teorías criminológicas desde su origen tuvieron como función tratar de ocultar la relación entre fractura social y violencia. ¿Persiste ese ocultamiento?
–Así es, y se ve muy claramente cómo con el retorno al liberalismo inicial en una forma neo, se vuelve a las situaciones de bandolerismo y bandidaje también en una forma neo, como son el robo oportunista en la calle, o «salir de caño», mezclado, en ocasiones, con tráfico de estupefacientes. La mayoría de las veces estos hechos los protagonizan jóvenes en situación de marginalidad extrema, con un grado muy bajo de inclusión laboral, social, cultural.
Esta es la reedición de aquellas épocas del capitalismo salvaje, ahora en el marco de la globalización. Y es claramente sistémica, producto de la estructura, de este regreso en espiral a situaciones históricas anteriores que se habían dado en otro continente, pero que ahora se reinstalan aquí de peor manera. Y las recetas vuelven a ser las que desconocen la situación y buscan soluciones prácticas, pragmáticas. «Si la violencia está generada por estos sectores, profundicemos la exclusión, separémoslos con paredes, con represión, con la criminalización de la pobreza en general». Esas recetas lo único que hacen es reproducir violencia y aumentarla, cuando de lo que se trata es de ver cómo se van a paliar, a contener o a empezar a revertir los problemas que están en la base de la generación de la violencia. Porque el de la seguridad es un problema político y económico, es un problema de base, de cómo se estructura la sociedad. Y es por eso que el neoliberalismo ha traído más inseguridad, porque ha venido de la mano de la sociedad del riesgo. Es una propuesta política insegura, mientras que la mayor presencia del Estado y la mayor democracia es una estructura más segura. Esto es lo que está en la base de la inseguridad.
–¿Y específicamente en el caso de nuestro país?
–Cuando analizamos la situación en Argentina y las políticas desarrolladas durante los últimos años, hay que ser muy cuidadosos en algunos aspectos. Hay algo que confirma lo que estoy diciendo, que es que desde 2003 hubo un descenso de la mayoría de los delitos, que son los delitos de robo y hurto. Hubo un descenso, por supuesto, en una situación de alta cantidad de delitos que se generó en los años 90, pero ese descenso coincide con la baja de la curva de desocupación. Por supuesto que para llegar a los niveles que teníamos en los 50 y 60, hay que reestructurar una matriz económica, social, cultural y política que fue estructurada desde la dictadura. Es un proceso complejo y largo, pero ya con los primeros movimientos que apuntaron a aumentar el empleo se notó algún efecto.
–Los orígenes están claros pero, ¿cómo seguir?
–El gran desafío ahora es qué se hace de aquí en adelante. Porque hay un punto desde donde, para que siga la baja del delito, es necesario empezar a desarrollar políticas públicas específicas. En el país, por ejemplo, se desarrollaron proyectos o planes pilotos de intervención, de participación ciudadana y de inclusión social, como el «Plan de comunidades vulnerables», que desarrolló el Ministerio de Justicia en el barrio de Saavedra de la Ciudad de Buenos Aires y en Morón, cuando Martín Sabbatella era intendente. Fueron planes piloto, muy limitados, con continuidades y discontinuidades. Eran interesantes porque había participación ciudadana y programas de inclusión juvenil en los barrios más empobrecidos, con becas para jóvenes varones, que implicaban regreso escolar, microemprendimientos o actividades culturales. Y donde se aplicaron tuvieron resultados positivos. En ese sentido, con el diputado Carlos Heller, estamos trabajando en un proyecto de ley marco de prevención del delito, que incluya este tipo de acciones y al que adhieran las provincias (ver recuadro).
–¿La creación del Ministerio de Seguridad se enmarca en ese desarrollo de políticas públicas?
–Sin dudas su creación muestra la trascendencia que se le quiere dar al tema desde el Gobierno Nacional. Pero este nuevo ministerio debe trabajar en articulación con otros, especialmente con el de Justicia, por todos los temas relacionados con la justicia penal, los ministerios públicos, el tema carcelario y poscarcelario.
Creo que tanto el Operativo Centinela como el relevo de los titulares de las comisarías de la Ciudad de Buenos Aires y otras, son medidas iniciales, de urgencia, no es que eso sea el plan, pero están marcando la decisión de llegar hasta donde haya que llegar. Esto es muy importante porque sin decisión política no puede hacerse nada. Es una señal interesante para todos aquellos que vemos el tema de la seguridad desde el progresismo, desde la democracia, desde la seguridad para todos, que es la única posible, porque la otra viene fracasando históricamente. Ha sido una especie de bálsamo que el Gobierno Nacional tome este tipo de decisiones y esté dispuesto a profundizarlas.
–¿El Plan Nacional de Participación Comunitaria en seguridad que presentó la ministra Nilda Garré tiene puntos en común con el proyecto de ley marco de seguridad que el Bloque Nuevo Encuentro presentará en el Congreso?
–Así es. Mucha de la gente que está en el nuevo Ministerio, en cargos ejecutivos, se ha formado con nosotros, tanto en las experiencias en el Ministerio de Justicia como en el Instituto Latinoamericano de Seguridad y Democracia (ILSED) que presido. Nosotros empezamos con una experiencia pionera en el país de participación ciudadana en prevención del delito, desde la Dirección de Política Criminal del Ministerio de Justicia en 1997, cuando nadie –excepto en el ámbito académico– hablaba de prevención y menos de participación ciudadana. A mí me interesó mucho la propuesta, y ese mismo año empezamos a hacer las experiencias piloto de las que saldría el «Plan Saavedra». Desde entonces hasta hoy, hemos hecho miles de intentos, algunos programas, se llegaron a desarrollar estrategias en distintos lugares de Capital Federal y en algunas provincias. Lo hemos predicado, lo hemos enseñado, hemos hecho camino y es una gran satisfacción ver que a nivel del flamante Ministerio de Seguridad, una de las políticas centrales que se enuncia es justamente esta.
–Fueron pioneros, entonces…
–Seguramente esos intentos locales están en la base de antecedentes de la creación del nuevo Ministerio y de esta política. No es que me considere el factotum de la política del Ministerio de Seguridad. Por el contrario, somos varias corrientes que hemos desarrollado la idea de la participación comunitaria como una expresión verdaderamente democrática de las políticas públicas de la gente y lo novedoso de hacerlo también en políticas de seguridad. Estamos entusiasmados porque creemos que la gente que lo va a implementar, empezando por la ministra Nilda Garré, no hacen un anuncio porque compraron o les pareció marketinero el título, sino que entienden de lo que están hablando y lo incorporan como parte principal de una política, de una estrategia.
–El primer escenario de su puesta en marcha es la Ciudad de Buenos Aires. ¿Piensa que será posible llevarlo adelante en articulación con el Gobierno porteño?
–El principal problema es que estas políticas de participación comunitaria requieren como actor necesario y central al gobierno local. Es fundamental para la articulación real, sustentable, efectiva, para que se consigan resultados. No sólo para armar la red de participación, que no se limita a una convocatoria general, es un armado en red, con vasos comunicantes, canales de ida y vuelta, disparadores, propuestas, recolección de las demandas y propuestas. Es una cosa muy dinámica y muy compleja. Necesita de mucha gente trabajando en red y cubriendo toda la población. Porque si no se hace de este modo, se volverían a repetir experiencias negativas como fueron algunos foros de la provincia de Buenos Aires o lo que eran las viejas cooperadoras policiales. Es un desafío mucho más grande.
Sin el gobierno local esto se hace cuesta arriba. Y lamentablemente el actual Gobierno de la ciudad es todo lo contrario a este tipo de propuestas. Es un gobierno de derecha que le rehúye a la participación o la disfraza de show participativo porque no tiene en mente empoderar ciudadanía, generar presupuesto participativo y profundizar la democracia. Lo que está en el fondo es su intención de generar grandes negocios, construir una ciudad para ricos y excluir al resto. Ahí hay un problema. Por eso se está tratando de articular con ONG, para ver si se puede avanzar aún en este contexto hostil, y esperando que cambie el panorama luego de las elecciones de este año en la ciudad. La única alternativa por ahora es tomar contacto directo con mediadores de la representación, como pueden ser las ONG, o directamente con los vecinos.
–Y en el resto del país tendrá que acordarlo con los gobiernos provinciales y municipales, con los cuales existen posibilidades claras de articulación. Porque, primero, el municipio es responsable de poner esfuerzo y recursos, especialmente humanos, y segundo, porque políticamente es el representante del gobierno local, el que ha elegido la gente.
–Creo que está muy bien planteado por el Ministerio y si tiene un socio local haciendo lo que debe hacer, en poco tiempo aparecerán resultados claros de aseguramiento de la zona, mejor vigilancia, prevención y anticipación a la comisión de los hechos. Una anticipación racional, que evita efectos colaterales que producen más daños que los que evita y que incluso potencia beneficios colaterales y promueve el involucramiento de los vecinos en otros temas.

                                                                                                                                         Mirta Quiles

viernes, 22 de julio de 2011

“Con más educación y trabajo, menor será el nivel de inseguridad social”

El economista argentino Bernardo Kliksberg, el mayor especialista en pobreza de Latinoamérica, sostiene que el único camino eficaz para bajar los índices de criminalidad es a través de políticas sociales.
La ecuación parece fácil: a mayor inversión educativa y en políticas sociales, menores son los índices de criminalidad. “Hay una correlación estadística absoluta entre más educación y menos delincuencia. Cuanta más escolaridad y trabajo decente haya, menor será el nivel de inseguridad en la sociedad.” En momentos en que el debate sobre la inseguridad vuelve a las tapas de los diarios y a los principales títulos de los noticieros, las palabras de Bernardo Kliksberg clarifican el panorama. Es que es una voz autorizada en la materia: el economista argentino es el mayor experto latinoamericano en pobreza y desigualdad. Es asesor principal de la dirección regional para América Latina y el Caribe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (Pnud) y asesoró en los últimos años a más de treinta países y a organismos internacionales como la Unesco, Unicef, OIT, OEA y OPS, entre otros.
Kliksberg es autor de 48 libros relacionados con el tema. El más reciente es el best seller Primero la gente, escrito con el premio Nobel de Economía Amartya Sen. Por estos días se encuentra en la Argentina. Vino a participar del Primer Foro Nacional sobre Responsabilidad Social Empresaria, que se realizó esta semana en la provincia de Mendoza. El director de Miradas al Sur, Eduardo Anguita, lo entrevistó en Carbono 14, su programa de radio que se emite todos los días -de 18 a 20- por Radio Nacional. El economista aseguró que las políticas de mano dura y el aumento de penas para combatir la inseguridad ciudadana no sirven. Y afirmó que los países que lograron bajar los índices de delincuencia lo hicieron “en base a la inclusión social universal de los jóvenes”. También habló sobre las dificultades que está teniendo la mayoría de los jóvenes latinoamericanos para acceder al mercado de trabajo formal.

–¿Cómo transmitir la cultura del trabajo para que haya más igualdad y para que sea un elemento que dé homogeneidad, que nos integre como sociedad?
–Es un momento muy oportuno para desenroscar el tema. Se está generando en el mundo como consecuencia de esta crisis económica, casi salvaje, que generaron los desaciertos fenomenales en la economía norteamericana, esto que se llama una generación perdida. Hay 81 millones de jóvenes desocupados: es la mayor cifra de jóvenes desocupados en la historia.
La tasa de desocupación en Europa está alrededor del 24 por ciento. Hay toda una generación a la que no se le ha dado la oportunidad de golpear la puerta siquiera para tratar de ser probado en una entrevista. En los Estados Unidos, por cada puesto de trabajo hay seis aspirantes y en algunas áreas como la construcción por cada puesto hay 35 aspirantes. Eso en el mundo desarrollado.
–¿Y en América latina?
–Tenemos 7 millones de jóvenes desocupados. Y los jóvenes que sí están ocupados tienen condiciones mucho peores que los otros grupos de edades: ganan la mitad del sueldo que los adultos y el 68 por ciento no tiene un seguro médico. No se les está abriendo la puerta a los jóvenes para que muestren su cultura de trabajo. Por el contrario, es un momento de exclusión severa. Las crisis han tenido una de sus figuras más vulnerables y más débiles en los jóvenes que estaban asomando a la sociedad de trabajo. En América Latina hay un tema dramático que es que no hay posibilidad de insertarse en el mercado de trabajo formal. Para poder insertarse en el mercado de trabajo formal hay que tener por lo menos doce años de escolaridad. Se muestra estadísticamente que con menos de una secundaria completa hoy las empresas, con razón, en el siglo XXI en un mundo tecnológico tan avanzado, no aceptan siquiera mano de obra para salidas menores no calificadas y resulta que ahí hay un cuello grande. Porque el 50 por ciento de los jóvenes en la mayor parte de América Latina no terminaron el colegio secundario. No porque les falte cultura de estudio, sino porque la pobreza está ahí presente en el 34 por ciento de la población.
Kliksberg, sin embargo, remarcó que ha habido avances importantes en la Argentina, en Uruguay, en Chile, en Brasil. Aunque advirtió: “Hoy las cifras siguen siendo muy lejanas a lo que se necesita. Resulta que de cada tres chicos pobres sólo uno termina la secundaria. Y sin secundaria van a ser marginales. El tema central es el acceso a la educación y el acceso al trabajo. Esos son los temas estratégicos centrales. Si no se resuelve la atención a los jóvenes, va a haber niveles de conflictividad altísimos y es de mirada muy corta ver cómo se desarrolla este drama. Que es drama para toda la ciudadanía: el de la inseguridad ciudadana”.
–Quería adentrarme en estas tensiones que usted dice. No para extorsionar con la idea de que hay que invertir más en seguridad, sino para poder profundizar esto que usted dice: una generación de adolescentes y jóvenes, con problemas de rebeldía social o delincuencia, que pueden terminar sus días en la cárcel.
–Claro. Yo me apoyo en cifras y las cifras dicen que la delincuencia joven ha aumentado significativamente en toda América Latina. Pero cuando se analiza qué pasó en otros países, cuáles son las experiencias comparadas, qué ciudades del mundo lograron eliminar la delincuencia joven, se llega a conclusiones opuestas a las conclusiones demagógicas y rápidas en que se está llegando por parte de algunos sectores en el debate de la Argentina. La conclusión demagógica y rápida es hay que meterlos presos, aplicarles la mano dura, todo el rigor. Yo les pregunto a los que plantean esos términos: ¿saben cuáles son los países del mundo que tienen menos criminalidad joven? Son Noruega, Suecia, Dinamarca, que tienen menos de un homicidio cada cien mil habitantes por año. En América Latina tenemos 26 homicidios cada cien mil habitantes por año, y en el Salvador 70 homicidios cada cien mil habitantes por año. ¿Cómo lo lograron los países nórdicos? ¿En base a aumentar el número de patrulleros en la calle y las alarmas eléctricas y a hacer penas más severas? No. Son los países que tienen la menor cantidad de policías por habitante. O sea: la inversión en fuerzas de seguridad es la menor en todo el planeta. Lo lograron en base a la inclusión social universal de los jóvenes. No es una tentación el delito porque todos los jóvenes, amparados por la sociedad –incluyendo las empresas privadas–, pueden terminar desde el preescolar hasta un posgrado. Todos los jóvenes tienen el derecho asegurado y protección total en materia de salud.
El especialista de la ONU señaló que el 20 por ciento de todos los jóvenes de América Latina están actualmente fuera del sistema educativo y fuera del mercado del trabajo. Y que, en ese sentido, las políticas públicas “siguen siendo muy débiles”. Pero marcó excepciones: “Hay cosas muy interesantes que está haciendo el Ministerio de Trabajo en la Argentina con empresas privadas. O lo que está haciendo el Ministerio de Educación para que los chicos que no terminaron la secundaria puedan rendir las materias que les faltan”. Kliksberg explicó: “Algunos jóvenes excluidos que no tienen ayuda quedan sueltos frente a la opción de la delincuencia. De alguna manera la sociedad está preparando una mano de obra cautiva al crimen organizado. La sociedad no distingue entre el crimen organizado y la criminalidad joven”.
–¿Cómo se logra convencer al sector privado, a la sociedad, de qué es necesario hacer esta apuesta a los jóvenes? Porque muchas veces es el sector privado el que presiona al Estado para que no gaste esos recursos en los jóvenes.
–La idea es como El Principito: lo esencial es invisible a los ojos. Hay una correlación estadística absoluta entre más educación y menos delincuencia. En los Estados Unidos se probó hace poco que un año más de escolaridad para los chicos que abandonaban la escuela reducía el número de asaltos y homicidios en la economía en un 30 por ciento. Cuanta más educación y trabajo decente haya, menor será el nivel de inseguridad en la sociedad.
Kliksberg remarcó que las empresas privadas pueden ayudar muchísimo en las políticas públicas. Y destacó las acciones de ese tipo que se están haciendo en Alemania, Noruega, Holanda, Canadá. “Ahí las empresas privadas asumen su responsabilidad social empresaria para crear puestos de entrenamiento, en una primera etapa, y después trabajo para jóvenes excluidos. Ahí comienza la seguridad. El tercer término es la familia. Si se apoya a la familia para que no se desarticule, baja la pobreza. La familia es la principal proveedora de educación antidelincuencia en la sociedad a través de los ejemplos diarios. Estas acciones son las que producen resultados en el mediano y largo plazo y hacen bajar la delincuencia. Entonces, como decía El Principito, está allí, a la vista.”
Finalmente, Kliksberg diferenció la criminalidad joven del delito organizado. “Al crimen organizado al que aplicarle el máximo peso de la ley, como las bandas del narcotráfico o las que hacen secuestros, entre otras. Pero la delincuencia joven que está creciendo debe ser analizada desde el punto de vista de las opciones reales que se están ofreciendo en esta sociedad.” Una voz autorizada para un debate que suele quedarse a mitad de camino.

 

“La verdadera revolución es la de los pueblos que luchan y se hacen libres”


En Okupas (Canal 7, 2000, guionado y dirigido por Bruno Stragnaro) fue Ricardo, un chico de clase media que se instalaba en una casa abandonada donde conocía a tres pibes de la calle que le mostraban esa marginalidad de la Buenos Aires del post menemismo. Después llegó Sol Negro (Canal América, 2003, dirigido por Alejandro Maci) y su papel de chico problemático de familia bien que terminaba en un neuropsiquiátrico rodeado de locos: “Dichosos los normales, esos seres extraños”, se leía en la pantalla al comenzar. En cine, su debut internacional llegó con Diarios de Motocicleta (2004, dir. Walter Salles) donde fue Alberto Granados, el amigo del joven Che Guevara, a bordo de La Poderosa en sus viajes por Latinoamérica. En 2006, protagonizó Crónica de una fuga, una película de Adrián Caetano sobre un hecho real: la única fuga registrada de ex detenidos desaparecidos en un centro clandestino de detención durante la última dictadura militar.
Este recorrido –para decir que si los papeles de De la Serna hablaran, tendrían mucho para decir de él– no es azaroso. “Me interesan los proyectos en donde hay que poner algo más que profesionalismo, se da una energía diferente cuando se trabaja para contar una historia que de por sí conmueve en lo personal porque es parte de la historia de todos”, explica el actor nacido en 1976.
Leandro Ipiña, el director de Revolución, el cruce de los Andes, cuenta que llamó a De la Serna “tímidamente” para proponerle el papel principal de su película: “Él venía con mucha exposición después de la película del Che y cuando le conté dijo algo así como “¡Hacer de San Martín para un actor es uno de los sueños del pibe!”. En la escena en donde se narra el momento previo a la batalla de Chacabuco, cuando San Martín arenga al ejército, Rodrigo de la Serna tomó dimensión de lo que estaba pasando: “Es el clímax de la película, ahí me di cuenta. Yo estaba encarnando a San Martín, con toda la gente del lugar tratándome como si fuera el San Martín de verdad”, se ríe.
–Se apela a un reduccionismo cuando se bautiza a San Martín como Padre de la Patria. ¿Padre de cuál patria?
–Sí, es un error. San Martín es un padre latinoamericano, fue el que hizo posible la revolución. En la Argentina, la mitad del siglo XIX fue muy distinta a la segunda. La Nación se construyó a partir de la primera constitución. En ese momento no existía eso de europeizar el país y achicarlo. El plan era la integración de la región. Esas fueron las ideas que tenían San Martín y Bolívar. El país se acababa de liberar de un yugo de más de 300 años, de un sistema de castas muy severo. Creo que ésa fue la verdadera revolución también... los pueblos que pudieron luchar y hacerse libres. San Martín va forjando su identidad al mismo tiempo que la forja el continente. La identidad estaba conformándose como todavía hoy estamos conformándola como argentinos.
–Rever el concepto de Patria Grande en el contexto actual de integración latinoamericana, ¿resignifica la conformación de la identidad?
–Tenemos una identidad muy compleja. San Martín estaría más que contento con todo lo que está pasando en la región. Se parece mucho a lo que él soñó. Hermandad entre los pueblos sudamericanos, la soberanía, la dignidad ante los países que nos creían subalternos. Uno tiene que saber la historia del país. No tiene nada que ver con la historia escrita por Mitre, con el país que imaginó junto a Sarmiento, la guerra de la Triple Alianza, la Conquista del Desierto. Hay cosas que subsanar en la historia que nos legaron, hay que complementarla y hay que ampliarla. Por esta razón, hay que revisionar la historia, para generar nuevos contenidos que lleguen a nuevas generaciones y se planteen estos debates necesarios para construir nuestra identidad. No podemos cercenar parte de nuestra historia. No podemos negar que tenemos ascendencia africana, ascendencia indígena. No podemos negar que acá hubo genocidios tremendos. El primer genocidio, la guerra del Paraguay; hay que revisionar eso también, la Conquista del Desierto. Cambió de signo a partir de Mitre, pero el ejército que inventa San Martín es desde el pueblo para el pueblo. Es una revolución popular.
–¿Se recreó algo de esa mística en las filmaciones en la Cordillera?
–Todos éramos conscientes de que estábamos creando una película que permitía pensar nuestro pasado. Está bueno cuando el cine es esa especie de circo moderno. Éramos unos transformantes que llegábamos ahí, los técnicos, la gente de vestuario, de arte, los actores, los extras. Se llevaban las mulas para hacer las escenas que salían a las 3 de la mañana. Estuvimos en los lugares pobres donde se decidió la revolución. Es importante que no se olvide el pueblo. Desde un lugar de barro se puede levantar y es el pueblo quien pudo hacer una revolución que encendió la mecha en todo el continente. Eso es maravilloso. Eso es la verdadera revolución, ¿no? La alquimia que se generó en el pueblo de Cuyo. Todo lo que sucedió allí. San Martín le pedía armamentos a Buenos Aires, cuando le contestaban que no había, decidía hacer las fábricas con lo que tenía a mano. Hizo escuelas, levantó el pueblo, embelleció la ciudad, generó conciencia en las personas. Todo el pueblo estaba volcado en esa cruzada. Esa alquimia que se generó me parece que es la verdadera revolución. Un pueblo que fue capaz de hacer cosas maravillosas y grandiosas para mejorar su condición.
–¿Cuál fue la escena más difícil de llevar adelante?
–La primera fue una escena muy compleja. No hay que perder de vista que la película es un thriller y tiene mucha épica. Se descubría un espía y era un momento de mucha tensión. San Martín decide abrirse de camino y tomar un atajo. Esto es un hecho real. San Martín sale último y llega primero. Había que recorrer todos los lugares, emotivos y de paranoia. Filmar esa primera escena, vestido de San Martín, con toda la gente ahí mirando fue la escena más difícil. Después de ésa, ya estaba sumergidísimo en la película. Todas las escenas presentaban dificultades, por cuestiones de logística y de despliegue; a dos mil metros de altura, el calor, la cantidad de extras, el vestuario.
–¿Cómo explica esta tendencia al revisionismo histórico desde los contenidos audiovisuales?
–Uno quiere saber de dónde vino. Hay que decir que el de hoy es un marco muy favorable para la reivindicación de la figura de San Martín en tanto héroe latinoamericano, en este caso puntual. Esta película no se hubiera podido hacer sin las libertades que tenemos hoy para trabajar desde el cine. Yo recuerdo que la última experiencia grande fue acaso con el mejor actor del país, que es Alfredo Alcón. Sin embargo, no se tuvo esa experiencia total de libertad. Se la hicieron difícil. Hoy cambió el paradigma.
–Se involucra en proyectos en donde se presenta la política. Diarios de motocicleta, Crónica de una fuga, esta película… Ahora viene El Puntero, por Canal 13 ¿Cómo será su personaje?
–Es un tipo que está sumido en una marginalidad suprema y trata de salir por donde puede. Está involucrado en la droga y se apoya mucho en el dirigente político que hace (Julio) Chávez. Es un elenco de lujo y a Julio lo admiro muchísimo. En lo que va de filmación, todavía no hay una bajada política partidaria. Y no debería haberla tampoco, la corrupción no tiene que ver con un partido político.

Revolución, el cruce de los Andes (Dir. Leandro Ipiña) es una de las películas más caras y arriesgadas del cine nacional en cuanto a producción: escenas de combate con caballos, espadas, armas, escenas de acción y efectos especiales. Si bien hay referentes antiguos como La Guerra Gaucha (1942, Dir: Lucas Demare) y Pampa Bárbara (1945, Dir: Lucas Demare), no es un género muy explorado en el país. Junto con Rodrigo de la Serna, participan 15 actores más en roles secundarios y alrededor de 1.400 extras que intervienen en distintos momentos a lo largo de las escenas del rodaje. La mayor parte del filme fue rodado en el pueblo de Barreal, ubicado al sudeste de la provincia de San Juan, en el Valle de Calingasta, aunque también se rodaron escenas en la Ciudad de Buenos Aires. Una geografía imponente enclavada entre la Cordillera de los Andes y la pre Cordillera. El filme es una coproducción entre Canal 7, Canal Encuentro y el Incaa, financiada también por la Televisión Española (TVE), el Gobierno de San Juan y la administración de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam). Un logro para el cine nacional: esta semana se estrena en 90 salas comerciales de todo el país.

 

“Soy un laburante que defiende este proyecto”


Una charla con Juan Montes, el autor del libro Esta mujer, los artículos con los cuales Cristina lloró de emoción. El encuentro con la Presidenta y las razones de la escritura.
Cordobés, de 54 años, laburante en un vivero; casado con María José, con quien tiene tres hijos (Juan Manuel, Lola y Eva Clara), padre de Lucía, de 19 (estudiante de comunicación y militante en JP Descamisados): Juan Montes es el tipo que con sus artículos emocionó a Cristina. Esos artículos forman el libro Esta mujer, una suerte de manual para creer, como define en su subtítulo, que la utopía es posible. Como fue posible su encuentro con Cristina. Y nada mejor que arrancar la charla con su relato de esa tarde: “El 27 de abril de 2010, cuando llegó a manos de Cristina Fernández mi artículo ‘ Esta mujer’, el intendente de mi ciudad me llamó para decirme que Néstor Kirchner me hablaría por teléfono para agradecerme. No lo creí y llegué tarde a la llamada. ‘Dejó llorando a Cristina’, había dicho Néstor. La segunda vez, en oportunidad del anuncio de Papel Prensa, la Presidenta les preguntó a unos periodistas de Villa María si yo estaba con ellos. No estaba. Entonces, pedí una audiencia que nunca fue respondida. Cuando el libro estuvo terminado, me ilusioné con que Juan Manuel Abal Medina y el Chino Navarro, dos tipos que habían puesto la cara en los peores momentos de 2008, escribieran el prólogo. El 11 de enero, el Chino me citó para anunciarme que Abal Medina me recibiría en casa de Gobierno a las 18. Pero justo a esa hora lo nombraban secretario de Medios y me atendió otra persona que derribó mis ilusiones de conocer a Cristina. Deambulé por los pasillos y me senté en un banco del patio de Las Palmeras, enfrente del cartelito que decía Legal y Técnica. Ahí estaba Zannini, que era de mi pueblo, y perdido por perdido, golpeé. Estuve con él más de una hora. A las 8.20 de la noche, Zannini me dijo ‘bueno, vamos. Si Cristina sabe que estuviste acá y no te presenté, me mata’. Cuando llegué donde estaba Cristina, me dijo: ‘Así que éste es el hombre que me hace llorar; así que éste es el hombre que me escribe esas cosas que nunca nadie me escribió’. Saqué fuerzas no sé de dónde y respondí: ‘Compañera Presidenta Cristina, necesito que me abrace y me contenga porque voy a llorar, y necesito abrazarla y contenerla en su dolor, en nombre de toda la militancia de Córdoba’. Nos abrazamos. Hablamos, después, más de una hora, reímos, discutimos, nos permitimos lagrimear”. Juan Montes, para decirlo todo.
–Usted dice en el prólogo que el motivo profundo para escribir el libro fue la mirada de sus hijos. ¿Cuál fue el motivo que le siguió a ése?
–Descubrir que el Estado se hacía cargo de nuestro discurso y lo instalaba como conflicto. La crítica, el reclamo y la confrontación con los sectores de poder, o las luchas por los derechos humanos o la democratización de la palabra, eran consignas o eternos desengaños del campo popular y de pronto vimos que era el Estado quien asumía y motorizaba nuestro conflicto. Saber que al Gobierno le hubiera sido más fácil arreglar con la Mesa de Enlace, con Clarín y la oposición y, sin embargo, optó por la más difícil, por la que nadie se animaba a encarar. A partir del apabullante esquema de medidas, leyes y decisiones políticas en ese sentido. Allí apareció la necesidad de hacernos cargo de esa mujer, que, por primera vez en los últimos cincuenta años, nos reivindicaba. Yo aporté desde donde pude, que es escribir, pero miles de compañeros conforman ese ejército anónimo que superó la lentitud y la especulación de las estructuras partidarias.
–¿Qué cosas lo iban enamorando y qué cosas lo decepcionaban al escribirlos?
–Más que enamorarme, creo que me conmovía ir descubriendo cuestiones de una profundidad política impecable y valiente de una simple mujer. Me conmueve la mirada, la capacidad y ese estar a la vanguardia de los acontecimientos que caracteriza a nuestra Presidenta y me decepcionaba la ingravidez del arco político argentino: el de la oposición, que no estuvo a la altura de los acontecimientos para sumarse a un debate bicentenario de fondo y el de los propios peronistas que, salvando a los apóstoles que se pusieron el conflicto al hombro, se sirvieron de la popularidad de Cristina y de las posibilidades de este modelo, incapaces de entender la creación de nuevas formas de construcción política.
–¿Tuvo forma de libro desde el comienzo o fue la visión final de los textos lo que lo llevó a armar Esta mujer?
–La génesis del libro fue una nota que publiqué bajo el título “ Esta mujer”, en abril de 2010, cuando la Presidenta aún atravesaba un profundo estado de vulnerabilidad. El artículo estaba construido en base a enunciados breves que describían en profundidad la gestión y la figura de Cristina. Descubrí luego que era como un índice y me propuse desarrollar cada título, pero en realidad el libro corresponde a la imperiosa e irrefrenable necesidad de expresarme, de pedir la palabra y tratar de explicar, de persuadir, de convencer a un segmento social que estaba preso de la voz única de los grandes medios.
–¿Qué sintió al saberse leído por el “personaje” de su libro?
–Me generaba una gran excitación y ansiedad y una enorme responsabilidad. Yo soy un militante crítico y sentí que mi voz ya no era mi voz, sino la de mis amigos, la de los compañeros que veíamos cosas trascendentales pero también carencias, falencias y debilidades. Sentí que no debía transformarme en un autor alcahuete, sino en un simple laburante y defensor del Proyecto Nacional. La noche que pude hablar con Cristina sentí que frente al personaje, mi libro era mezquino. Ese personaje que tenía enfrente, era una mujer sencilla, una simple mujer, y su espontaneidad y su simpleza fueron para mí más conmovedoras que todas sus acciones de gobierno.
–¿Cómo apareció el periodismo en su vida?
–Inesperadamente. Yo venía del teatro, pero me desempeñé como redactor, jefe de redacción y después director de Diario del Sur, de Córdoba. Tuve algunas revistas propias y un diario que nos duró apenas 25 días. Desde esos lugares fijé siempre posiciones. Después me quebré en los ’90 y desde entonces vivimos atendiendo un vivero en Villa María. Una trinchera desde donde doy pelea cotidiana con los vecinos y fundamentalmente con la gente del campo. Escribo, no obstante, con frecuencia, notas de opinión para diferentes medios del país.
–¿Cuáles fueron los momentos más difíciles en la escritura de Esta mujer?
–Definir el lugar. Tratar de poner bien en claro las terribles contradicciones a las que nos someten las pujas de poder interno y otorgarle al kirchnerismo un sentido transitorio, una transición que profundice la posibilidad de reunir un verdadero movimiento. Y vencer los prejuicios. Uno se nutre de Ricardo Forster, de Eduardo Anguita, de Sandra Russo, de Eduardo Aliverti y atreverse a escribir ante semejantes pensadores me causaba pánico, pero creo que fue más fuerte mi necesidad de hacerle el aguante a la Presidenta que mi baja autoestima. Mi perspectiva era aportarle algo a la militancia y al lector no especializado, el hecho de que se haya agotado la primera edición en dos meses, me enorgullece.

 

“La clase política europea no dio respuestas satisfactorias”


Entrevista: François Dubet. El sociólogo francés, autor de Repensar la justicia social, analiza en su último libro la crisis en el Viejo Continente.
El sociólogo francés François Dubet acaba de presentar en el país su libro Repensar la justicia social, donde analiza los dos modos con que las ciencias sociales plantean la búsqueda de la equidad: igualdad de oportunidades o igualdad de posiciones. Una buena oportunidad para, en el medio de la crisis que atraviesa la Comunidad Europea, cotejar con los realizados aquí hace diez años, los planteos que ensayan los intelectuales en el Viejo Continente.
–La sociología trata de prever algunas cosas, pero la realidad por lo general la avasalla. Con la crisis en Europa, ¿cambió la idea o la construcción que tenía sobre su libro?
–Escribí el libro hace un año y volvería a escribir lo mismo. El problema que se plantea en Europa, antes y ahora, es la reconstrucción de una ficción política progresista. En cuanto a lo personal, en cambio, desde hace un año soy mucho más pesimista con relación a la situación política europea, por dos grandes razones. La primera, el ascenso de la extrema derecha en todos los países europeos, incluso en los más igualitarios, los llamados social-demócratas. Esa extrema derecha es un rechazo de la construcción de una Europa económica y políticamente unificada, una Europa que es indispensable en la economía globalizada. Intelectualmente, no cambié de opinión, pero me preocupa mucho más la coyuntura política.
–Con el ascenso de la derecha, ¿dónde queda la igualdad, ya sea de posibilidades, de oportunidades o de posiciones?
–La extrema derecha en realidad no se opone del todo a la justicia social. En el plano económico es sumamente liberal, pero está a favor del cierre cultural, de los cierres nacionales. Es una extrema derecha culturalmente autoritaria, nacionalmente xenófoba y racista y económicamente nacionalista y liberal. Creo que los programas de la extrema derecha son absurdos, pero la gente que los vota no lee sus programas. Del mismo modo que hace 30 años, cuando el 20 o el 30 por ciento de la personas votaban por el Partido Comunista, de ninguna manera deseaban que el PC realizara sus programas.
–Siguiendo su pensamiento, quizás ni siquiera lo conocían...
–Claro. No se leen propuestas. Son protestas, más que votos.
–Esas protestas, en el caso específico de la extrema derecha, triunfante en varios países europeos, ¿están en función de algo que la izquierda hizo mal?
–Sí, por supuesto. En gran parte, ese electorado de la extrema derecha es un electorado de la izquierda. Esos electores sienten que la globalización económica destruyó la economía, lo cual es falso. La globalización crea más empleos de los que destruye. La izquierda reformista aceptó la globalización de alguna manera. El candidato socialista más probable hasta su detención era el presidente del FMI. Lo que está en juego es la cuestión nacional. El hecho de que las sociedades más nacionales europeas se vuelvan pluriculturales. Por ejemplo: si España desea tener una demografía mínima, tiene que aceptar millones de moros. Imagínese el rebrote xenófobo que significaría el retorno de los árabes para los españoles.
–Peor sería para los italianos con Berlusconi...
–Peor, sin ninguna duda. Pero hay una cuestión de identidad nacional, una cuestión social. Y, de alguna manera, las clases políticas no dieron respuestas satisfactorias. La derecha tradicional está separada entre una extrema derecha y una derecha liberal. Creo que hay que responder primero a la cuestión social, porque la cuestión nacional es una segunda parte de lo social. La situación es bastante preocupante.
–Lo preocupante, en Europa y en todo el mundo, es esa negación de la extrema derecha con relación al otro, esa cuestión tan francesa planteada por Sartre.
–Una gran parte de la derecha no es xenófoba ni racista. De Gaulle no era racista, Giscard D'Estaigne tampoco, Chirac tampoco. Lo que es muy preocupante es la estrategia de Sarkozy, la certeza de que una parte de la derecha clásica está enloqueciendo. Es como si los partidos de izquierda reformistas vieran desarrollarse una izquierda que tuviera el 20 por ciento de los votos, eso radicalizaría su discurso. La situación económica no es trágica, pero sí lo es la capacidad política. La aparición de la extrema derecha es un problema para la derecha. La derecha tiene una dura opción: rechaza a la extrema derecha y pierde las elecciones o acepta el planteo de Sarkozy y se encamina hacia la extrema derecha corriendo el riesgo de perder su alma. Es una situación muy difícil.
–No es una chicana religiosa, pero ¿no es demasiado atribuirle alma a la derecha?
–Nunca voy a votar a la derecha, que quede claro. Existe en Europa una derecha algo conservadora, algo liberal, pero que no se compara con las derechas de América latina. Un hombre de derecha francés sería bastante de izquierda en América latina. Entre la derecha y la izquierda hay un juego político normal que no es una guerra civil. Durante varios años cohabitaron presidentes de derecha o de izquierda con un primer ministro de signo opuesto. Y no hubo ningún conflicto grave. En cambio, la llegada de la extrema derecha cambia la índole del problema. Porque se construye política a partir del odio a los extranjeros. El rechazo de Europa hacia el otro es políticamente muy peligroso. Y, además, absurdo económicamente. Cuando un país dice no querer productos extranjeros, pero quiere seguir vendiendo Renault y Peugeot en todo el planeta, no es muy serio.
–Pero eso es la política capitalista, la que se lleva a cabo de manera permanente en los Estados Unidos.
–Estados Unidos es una potencia y puede hacer eso. Europa, con sus 400 millones de habitantes podría llegar a hacerlo. Pero Francia, con sus 60 millones no puede. Tampoco puede Alemania ni Italia. Ninguno puede solo.
–¿Hay posibilidades de trasladar esta experiencia o esta idea de la justicia social a América latina cuando aquí habita, justamente, el otro?
–En primer lugar, para los europeos, América latina no es el otro, es el extremo de Occidente. Pero en cuanto a lo estrictamente relacionado con el tipo de justicia social, en un país como la Argentina la cuestión dominante es la de la igualdad de posiciones. La cuestión que determina las desigualdades es la antigua cuestión de la exclusión. Esa parte de la población que no sólo está abajo, sino que está afuera. Cuando el 40 por ciento de la población está desempleada, en el sector informal y por debajo del umbral de la pobreza, evidentemente la cuestión de la justicia social pasa primero por ver cómo hacer que ingresen a la sociedad las personas que están afuera. Mi libro es un libro de un país rico, de Europa occidental, Canadá, Estados Unidos, Japón. Si uno no focaliza así se queda en ideas demasiado generales. En América latina, las cuestiones de desigualdades en el sexo son fundamentalmente una cuestión de desigualdad social, no del cupo femenino en el Senado. Cuando se está en una sociedad más igualitaria, la cuestión de mujeres en el Senado se vuelve importante. Está el problema de los extranjeros del interior del país se plantea de manera inversa en América latina y en Europa. Para nosotros, los extranjeros son personas que vienen de muy lejos, en cambio, en América latina, los extranjeros son los que estaban aquí, antes.
–El otro en cuestión.
–Perfecto, el otro. El papá de una de mis nietas es argelino, el de otra de ellas es argentino. ¿Qué significa ser francés para nosotros? Seguro que algo muy distinto a lo que piensa el Frente Nacional, para quienes mis dos nietas son extranjeras. Eso es terrible. Real, pero terrible.


La gran confusión británica


El 5 de octubre, el diario español El País publicó la nota “Maradona como metáfora argentina”. Allí un periodista inglés y un psicoanalista argentino ven en Diego “el espejo del fracaso argentino”.
No es intención de esta nota bajar línea sobre la escrita por el periodista inglés John Carlin y el psicoanalista argentino Carlos Pierini y reproducida con entusiasmo por diarios y varios medios del país. Sí es intención, entender la (rápida) capacidad que existe para estandarizar los ejemplos y mezclar todo con vehemente facilidad, cuando se trata de contar un país desde el deporte. Y, sobre todo, cuando en medio de esto está Maradona.
Carlin y Pierini señalan que “el fracaso de Maradona en el Mundial fue el espejo del fracaso de Argentina como país. Por un lado, una falta de rigor y humildad en la planificación; por otro, un derroche de los recursos disponibles”. Hábil talento para encuadrar cuestiones que ocurren en el fútbol y alinearlas a la idiosincracia de Argentina. Siempre es seductor explicar la forma de ser de los pueblos a partir de las formas que encarnan sus representantes deportivos. En algunos casos resulta cierto. No en todos.

Fracaso. ¿Qué dirían Carlin y Pierini de lo que sucede con el hockey y el básquet? ¿Los jugadores, dirigentes y técnicos que llevaron adelante la tarea de ubicar estos deportes también estarán sugeridos en la “falta de rigor y humildad en la planificación”? ¿O debemos considerar que Emanuel Ginóbili, Luis Scola, Luciana Aymar y Noel Barrionuevo no son argentinos por formar parte de proyectos llevados adelante con seriedad, rigor profesional, espíritu competitivo y la búsqueda del todo (el equipo) por sobre las individualidades? ¿O será que ellos son menos argentinos que Diego para los autores?. Pero de la misma manera que se ata con finos piolines que el ciclo de Maradona es un espejo del “fracaso argentino”, tampoco es bueno deducir que los triunfos de Las Leonas y del seleccionado masculino de básquet sean un reflejo de lo que “podemos hacer los argentinos”, como decían los dictadores al término de los mundiales ganados en épocas pasadas.
Ilusión. Pero “el problema aquí es Maradona”, como dice la nota de El País. Además, afirma: “En el sistema maradoniano solamente brilla la ilusión. Dentro de este sistema de pensamiento las cosas terminan no teniendo ni pies ni cabeza. Resultado: fracaso en la vida y arrastrando en el fracaso, en este caso, a la Selección Argentina, también se puede arrastrar a toda una Nación”. En estas mismas líneas, Miradas al Sur ha criticado a Maradona su cualidades para ser DT, así como el muñequeo con las cuestiones políticas y su facilidad para acomodarse a todo. ¿Pero quién se atreve a ponerse el sayo para sostener que lo de “Maradona es un fracaso en la vida”? ¿Con qué argumentos se sostiene que el fracaso de la Selección Argentina arrastra a toda una Nación? ¿Serán las 20 mil personas que fueron a Ezeiza a la vuelta del equipo de Sudáfrica la muestra de esto?
Mano. Jimmy Burns, colega inglés de Carlin, escribió en 1996 y reeditó en 2002 y 2005 Maradona, la mano de Dios. En dicho libro también Maradona encarna al tramposo que los argentinos, siempre según Burns, reivindicamos, de la misma manera que lo hacemos con otros personajes simbólicos como Martín Fierro, un gaucho vago e improductivo. Diez años antes de la edición del libro de Burns, Maradona había logrado establecerse para siempre en el consciente colectivo de la sociedad argentina e inglesa. La Mano de Dios, la jugada con la que puso a la Argentina 1 a 0 en cuartos de final de México ’86, fue el detonante.
No hubo acción deliberada en la jugada, sino un gesto instintivo. Pero Diego encarnó desde ahí a un ser bribón para esa lógica tan impoluta, tan ética, tan europea. Poco se tomó en cuenta que Maradona no tuvo gestos de trampa premeditados en su carrera.
Sus jugadas, la de la mano y la histórica apilada posterior, como bien dice la nota de Pierini y Carlin nos dejaron a los argentinos “presos de la nostalgia”.
Sería bueno entender qué sentimiento despertaron aquella mano y aquellas gambetas en la sociedad inglesa para ser recordadas con tanta frecuencia.
Desde aquí rara vez ocurre lo mismo. Por ejemplo, no se escriben libros ni se hacen mayores análisis del penal que el juvenil Michael Owen inventó contra Argentina en Francia ’98 y en Corea/Japón 2002. O de la manera en que se designaron en el Mundial de Inglaterra en 1966 un árbitro alemán para un partido entre Argentina-Inglaterra que expulsó a Antonio Rattin y uno inglés para Alemania-Uruguay que obvió un penal, expulsó dos uruguayos y le anuló un gol a la Celeste, clasificando así a las selecciones europeas. Tampoco se analiza el gol que a Inglaterra le dieron por válido en el suplementario de la final de ese mundial contra Alemania, aunque no esté claro si la pelota picó del lado de adentro de la línea.
Sin embargo, continuando los postulados de Pierini-Carlin, podríamos inferir que los jugadores y dirigentes ingleses son tramposos y ventajeros, por lo tanto estarían representando a un pueblo con características similares. Es preferible deducir que el accionar de los deportistas, mayormente espontáneo, no representa en su totalidad a un país. Y que en todos lados se cuecen las mismas habas. De hecho, no todos los ingleses son como Carlin y no todos los argentinos somos como el doctor Pierini.

                                                                                                                  Christian Rémoli

Cuando Tévez pateaba piedritas


Desde Fuerte Apache al mundo. Radiografía de los primeros pasos de Carlitos en el fútbol
Fue en el verano de 1989. El Tano Norberto Propato ingresó al Fuerte en su Estanciera. Lo venía haciendo desde hacía un tiempo largo. Empujado por la pasión de dirigir divisiones inferiores, iba a buscar jugadores del barrio para llevar al entrenamiento de All Boys. Conocía el camino de memoria. Entrando, divisó que en la canchita ubicada enfrente del Nudo 1, estaban algunos de los pibitos que tenía que llevarse. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue un nenito menudo, un par de años menor a los suyos, que estaba sólo en un costado, descalzo y pateando una piedra. Algo vio ahí. Sin sacarle el arranque a la camioneta ni la vista del nene, se bajó y le preguntó cómo se llamaba y dónde vivía. La voz aguardentosa del técnico asustó al pibito de rulos. Los chicos le dijeron que se llamaba Carlos y que vivía en el primer piso del Nudo 1.
Zapatillas. Propato se presentó y le pidió a la mamá llevarlo a entrenar. Con la puerta entreabierta, la señora le contestó: “Venga cuando está mi marido”. A la tercera vez que pasó, lo atendió Segundo Tévez, albañil. Le fue muy sincero, “no te lo puedo mandar porque no tiene zapatillas”. Pero el DT insistió: “Le puedo conseguir algunas prestadas, dejámelo llevar, yo paso todos los días a buscar jugadores del Fuerte para llevar a All Boys (…) te lo llevo y te lo vuelvo a traer”.
Tévez no la tuvo fácil. Antes de cumplir un año, una jarra de líquido caliente se le cayó encima y la quemadura le tomó el pecho y parte del cuello. Estuvo casi dos meses en terapia intensiva y se salvó de milagro. En Fuerte Apache se conjeturan miles de historias alrededor de esto. Lo cierto es que cuando se repuso, pasó a ser criado por sus tíos maternos, Adriana Martínez y Segundo Tévez, y no por su verdadera madre, Fabiana Martínez, con quién hasta esa fecha vivía en el mismo nudo (torre) que luego compartió con la que hasta hoy considera su familia.
En el barrio, antes y durante su paso por inferiores de All Boys, jugaba en Santa Clara, un club que se fundó junto con la iglesia del fuerte y una radio comunitaria. Allí supo hacer buenas migas con Darío Coronel, Cabañas, su compadre durante aquellos años. Líderes ambos, tenían una relación de amor-odio. Pero en la cancha eran imparables. En el año 1992, el equipo de Santa Clara debía enfrentar en una final al poderoso Club Parque, imbatible institución generadora de brillantes futbolistas, dirigida por el prestigioso Ramón Maddoni. Los padres de los chicos le fueron a pedir al entrenador, Roger “Didí” Ruiz, no jugar aquella final para no bajonear a los chicos del Fuerte. “Nosotros no tenemos miedo, Didí. Le vamos a jugar igual”, le dijo Tévez al DT, cuando le comentó la inquietud de los papás. El partido, para sorpresa de las 600 personas que se juntaron en la canchita, terminó 6 a 4 para Santa Clara. Tévez fue la figura. Acaso la primera muestra de lo cómodo que le quedaron luego los partidos difíciles.
En All Boys, de entrada, se dieron cuenta de que sus aptitudes estaban por encima de las del resto. Tenía aspectos técnicos que traía de cuna (la manera de proteger la pelota, la forma de poner el cuerpo) y algunas otras muy llamativas para la edad, como la fiereza con la que jugaba.
La categoría 84 de papi fútbol del club de Floresta se había transformado en un equipo de renombre en el mundillo de inferiores. La manera de jugar del equipo era una de las causas; la Estanciera de Propato, era la otra. Allí, milagrosamente, entraba todo el plantel, el cuerpo técnico y algunos padres. De vuelta de los partidos, el técnico devolvía jugadores casa por casa y dejaba para el final a los pibes que vivían en el Fuerte. Como sabía que la gran mayoría no comía cuando llegaba a destino, paraba en un almacén sobre la avenida Lope de Vega: pan, salchichón, queso y derecho al barrio.
La fama de Carlitos empezó a crecer. Varios clubes lo empezaron a buscar. Entre ellos, Parque, el de Maddoni. Tévez no aceptó esa primera propuesta y siguió jugando en el Albo. Llegó a debutar y a hacer dos años de experiencia en cancha grande en Floresta. Su debut once contra once fue contra Almagro, con la categoría 83. El partido, guardado en VHS, muestra a un número 10 sacrificado, que se tira atrás y que se pone el equipo al hombro cuando ataca. Su forma de jugar denota la enjundia futbolera que mantiene en la Premiere League. Convierte dos goles, ambos de afuera del área, y el partido termina 6 a 2 a favor de All Boys.

Rico. Mauricio Macri ya era presidente de Boca y había adquirido Club Parque y algunos jugadores de Argentinos Juniors formados por Maddoni, entre ellos Juan Román Riquelme y César La Paglia. Maddoni insistió otra vez por Tévez, pero el pibe se negó nuevamente. Las personas que lo aconsejaban le recomendaban que no se dejara hacer la cabeza, que All Boys le había dado todo, hasta zapatillas cuando no tenía qué calzarse. Inclusive, Tévez llegó a ningunear en algún partido con Boca al mismo Maddoni, festejando los goles que hacía para All Boys, imitando a un perro que orinaba el banco xeneize.
Pero Maddoni lo siguió tentando hasta que los convenció. A él y a su familia. Como los dirigentes de All Boys se negaban, Boca sugirió cambiarle el apellido (hasta los 12 años se llamó Carlos Martínez) y pasó a tener el apellido de su tío, para él su padre, la persona que lo crió y acompaño toda la vida.
Bernardo Griffa definió así a aquel Tévez adolescente: “Me dijeron que tenía que ir a ver a un pibe que jugaba como Maradona. Fui y me di cuenta que era mentira, que ese pibe era más que Maradona”. Maddoni fue más específico: “Lo más llamativo de Carlitos era su técnica y la agresividad que le sumaba a esa técnica. En eso era único”. Sin embargo, la vida para el Apache no había tenido modificaciones. “Apenas pasado a Boca no teníamos qué morfar. Me acuerdo un día que mi viejo fue a comprar huevos e hizo huevo duro para todos. Eso me quedó grabado”, le dijo al programa El Sello de TyC Sports en 2003. Durante los veranos, cuando no entrenaba, le seguía entregando ladrillos al rayo del sol al padre en las obras.

Debut. Cuando estaba en séptima división, Bianchi lo llevó a entrenar con primera. Luego de dar las últimas indicaciones antes de un partido contra Rosario Central en el Apertura 2001, el Virrey vio que Carlitos, tímido y aún suplente, iba a un mingitorio del vestuario. Se puso a hacer pis al lado y le soltó: “Mirá que el domingo que viene jugás vos”. Tévez se orinó el pantalón de los nervios.
Debutó en el Chateau Carreas el 21 de octubre de 2001. Su figura, muy en línea con el American Dream, fue rápidamente codiciada por las marcas deportivas. Además, su juego no paró de crecer. Cuando se pudo mudar del barrio, algunos de sus compañeros que jugaban en Santa Clara y All Boys ya estaban presos y su mejor amigo, el Guacho Cabañas, se había quitado la vida durante un tiroteo con la policía. Sufrió mucho el padecimiento de sus padres por salir del barrio, al punto de declarar en 2004 que no se iría a jugar al exterior, porque tenía miedo de que se deprimieran.
Vinieron los campeonatos, el pase al Corinthians y su saltó al fútbol inglés; su estallido, su estampa vinculada siempre con lo popular y el afianzamiento de su carisma. “Es el jugador del pueblo”, lo definió Maradona, cuando ya se había convertido en el único futbolista en la historia en ganar la Copa Libertadores (2003), la Intercontinental (2003), la Champions League (2008) y el Mundial de Clubes (2008).
Tévez nunca lo nombró a Propato, el dueño de la Estanciera, como su descubridor. Ese lugar lo reservó para Maddoni. Sin embargo, y a pesar de visitar los programas del prime time de la TV argentina, lucir joyas sofisticadas, vivir en una de las casas más caras de Manchester y ser cotizado por el club esta semana en más de 40 millones de euros, no debe haberse olvidado de que el fuego sagrado y la fiereza de aquel pibito que pateaba piedras descalzo en la canchita enfrente del Nudo 1, es el motor que lo llevó a ser uno de los mejores y más ricos delanteros del mundo.


                                                                                                                        Christian Rémoli